jueves, 9 de diciembre de 2010

INFORME DE LAS ENERGÍAS PARA DICIEMBRE 2010

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por Kate A. Spreckley

2 de Diciembre de 2010

 

Diciembre se está perfilando como un punto clave en nuestro proceso de ascensión y nuestra capacidad de manifestar la Conciencia de Unidad. Diciembre tiene vínculos con la energía del Portal Estelar 3:3:3 de marzo del 2010. En marzo llegamos a un punto de inflexión en nuestro viaje de sanación donde se volvió esencial que construyamos el concepto de Conciencia de Unidad en algo real y sólido dentro de nuestra experiencia.

En marzo se hizo crucial que empiecen a equilibrar activamente su corazón y su mente, su vida física con su vida Espiritual, y que traigan este equilibrio a su realidad. Las energías los apoyaron para liberarse del miedo y la duda expandiéndolos hacia reinos más profundos de compasión y amor, y así desarrollar la Conciencia de Unidad en su interior.

En diciembre, se volverá a activar el Portal Estelar 3:3:3 encendiendo aquellas áreas dentro de ustedes y de sus vidas, en las que carecen de unidad, compasión y amor. La energía será liberada de tal forma que el pensamiento y la conducta de toda persona en el planeta serán alterados de manera significativa. Serán forzados a liberarse de viejas actitudes y hábitos. Las situaciones difíciles podrían tornarse en crisis inesperadamente y las circunstancias frágiles podrían simplemente detonar y podrían surgir nuevas crisis que requieran atención urgente. Estos eventos y situaciones que se despliegan rápidamente van a forzar decisiones difíciles, y la voluntad de avanzar a través de la incertidumbre y los retrasos debe provenir desde lo más profundo de su interior.

A pesar de todo su poder transformador y destructivo, la energía de diciembre será profundamente Espiritual y psicológica. Nos veremos enfrentados directamente con nuestras limitaciones y nuestros fracasos. Nuestras ilusiones van a chocar con la dura realidad, motivándonos a cambiar poderosamente. Las energías no nos van a permitir regresar cómodamente a nuestras viejas costumbres. Esto provocará el deseo de obtener una comprensión mucho más profunda de nuestras situaciones y experiencias y una firme determinación de hacer cambios profundos y duraderos.

Personalmente, para mí, las comprensiones y percepciones de este año han sido como un soplo de aire fresco. Durante muchos años (vidas) el concepto del amor-propio me ha eludido. ¿Qué significa realmente amarse uno mismo? ¿Cómo les va a ustedes acerca de amarse a sí mismos? He entendido el concepto a nivel intelectual, pero he tenido problemas realizándolo dentro de mí. Este año, con la ayuda y apoyo de las energías, ¡lo hice! Fui dotada con la capacidad de sentir compasión por mí misma. Compasión por la persona en la que me he convertido, compasión por la niña que fui. Pude ver y entender el razonamiento detrás de las elecciones a menudo ‘atroces’ que hice y sentí compasión por la mujer que hizo esas elecciones. Ha sido una comprensión verdaderamente profunda para mí que el amor por uno mismo sólo se logra cuando somos capaces de sentir compasión por nosotros mismos.

A medida que pasamos por estos tiempos y las nuevas y cada vez más difíciles combinaciones planetarias de energía, van a surgir frustraciones y la turbulencia emocional se va a intensificar. Para nosotros poder lidiar con estas poderosas energías es vital que despertemos la compasión y el amor. Todos estamos pasando a través de nuestros procesos individuales y es esencial que nos demos cuenta de los beneficios de ser gentiles y amables con nosotros mismos y los demás. Los animo a todos a tomar a pecho la sabiduría de los “Cuatro Acuerdos” de Don Miguel Ruiz. Ellos son:

1. Sé impecable con tus palabras

2. No te tomes nada personalmente

3. No hagas suposiciones

4. Haz siempre lo mejor que puedas

Luna Nueva 5 de Diciembre 2010

  

La Luna Nueva en diciembre estará en el signo astrológico de Sagitario. En Sagitario la Luna es visionaria, optimista y expansiva. Busca satisfacer la sed de conocimiento y verdad, mezclando el corazón y el Alma con la realidad. Esta Luna Nueva promete una energía alegre y encantadora. Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos encontramos con una energía que nos animara a relajarnos y celebrar en lugar de someternos a otra lección desafiante.

Las Lunas Nuevas significan renacimiento, nuevos comienzos y el inicio de un nuevo ciclo. Durante este ciclo, nuestros sistemas de creencias serán enfatizados, ayudándonos a transformar nuestro pensamiento. Una mente enfocada y penetrante les otorga la capacidad de moverse a través de la bruma de la negación y abrirse paso a través de la niebla de la confusión, lo que les permite adentrarse con alegría en las partes más profundas de sí mismos. Entrar en estos aspectos más profundos trae a su conciencia motivaciones y deseos ocultos que revelan aquello que consciente o inconscientemente, los está impulsando hacia adelante.

La meditación y cualquier práctica Espiritual se tratan de aquietar la mente lógica de manera que la intuición pueda fluir a través de ella. Esta Luna Nueva les está recordando la importancia de estas prácticas y la necesidad de observar su vida, cuestionando hacia dónde están yendo y por qué van allí. Utilicen el conocimiento que adquieren para algo productivo. Sin desinflar el entusiasmo y la espontaneidad de esta Luna Nueva, dirijan su entusiasmo a establecer metas y elegir su dirección durante los próximos meses.

Mercurio está retrógrado, de nuevo, desde el 10 hasta el 30 de diciembre, ocasionando interrupciones en la comunicación, causando demoras. Esperen que resoluciones y cierres sean empujados a un futuro indeterminado.

Solsticio de Invierno Luna Llena Eclipse Total de Luna

  

La Luna Llena en diciembre tiene un eclipse total que se produce en el momento del Solsticio de Verano/Invierno el 21 de diciembre de 2010. Esta alineación le da especial importancia a la Luna Llena, e indica que sus efectos serán mucho mayores que los de un eclipse típico. El eclipse se vuelve aún más significativo y poderoso debido a su ubicación cerca del Centro Galáctico. El Centro Galáctico es el Sol de nuestro Sol. Es una espectacular fuente de energía, motivación y propósito. También es la fuente de la mayor parte de la energía gravitatoria en nuestra Galaxia.

El Eclipse Lunar tan cerca del Centro Galáctico magnifica y añade poder y enfoque a las energías que ya se están manifestando. El poder que se irradia desde el Centro Galáctico a través de nuestro Sol va a abrir nuestros corazones, mentes y cuerpos en formas que nos van a ayudar a alinearnos con el flujo de energía, apoyando nuestra capacidad para cumplir la intención original de nuestras vidas.

La intención original de nuestras vidas no se caracteriza por las creencias y principios de la sociedad, sino más bien por el conocimiento inherente de nuestro Espíritu. Su intención original podría ser simplemente encarnar amor y compasión y/o canalizar los acelerados códigos de luz de energía dentro del mundo.

Los temas de la compasión y la verdad parecen ser nuestro enfoque. Este Eclipse Lunar nos proporcionará una oportunidad extraordinaria para nosotros lograr nuevas formas de ser con respecto a aquellos con quienes compartimos la Madre Tierra. Estamos llamados a mantener nuestra mente en la Unicidad de todos los seres y a actuar de una manera más auténtica y superior. Al acercarse el 2010 a su fin, éste es un momento oportuno para que nos enfoquemos en el Espíritu de Unicidad y para traer al mundo un Espíritu de verdadera compasión viva por todos los seres.

 

Copyright © 2010 Kate Ann Spreckley – Se concede permiso para copiar y redistribuir este artículo con la condición de que no se le haga ningún cambio, se incluyan los enlaces en vivo, se dé todo el crédito al autor(es), y se distribuya gratuitamente. http://www.spiritpathways.co.za/

 

Traducción: Margarita López

Edición: El Manantial del Caduceo

www.manantialcaduceo.com.ar/libros.htm

viernes, 3 de diciembre de 2010

Quién es Nicolás?



Translated by Padre Tomás Lamping

Saint Nicholas by Susan Seals
St. Nicholas
Artist: Susan Seals
Used by permission
La historia verdadera de Santa Claus empieza con Nicolás, quien nació en el tercer siglo en el pueblo de Patara. Cuando nació el área era Griego pero ahora está ubicada en el sur de Turquía. Sus padres eran ricos y lo criaron como un cristiano devoto. Ellos se murieron de una epidemia cuando Nicolás era muy joven. Obedeciendo las palabras de Jesús, 'vender todo lo que tienes y dalo a los pobres,' Nicolás usó toda su herencia para ayudar a los necesitados, los enfermos y los que sufrían. Dedicó su vida al servicio de Dios y llegó a ser obispo de Myra, mientras todavía era un hombre joven. El Obispo Nicolás fue conocido por todo el pueblo por su generosidad a los pobres, su amor por los niños, y su preocupación por los marineros y sus barcos.
Bajo el Emperador Diocleciano, quien cruelmente perseguía a los cristianos, el Obispo Nicolás sufrió por su fe, fue exiliado y encadenado. Cuando lo libraron de la cárcel, Obispo Nicolás asistió al Concilio de Nicea en el año 325. Se murió el 6 de diciembre, 343 en Myra y fue enterrado en su Iglesia Catedral, donde una reliquia única, maná, formó sobre su tumba. Esta líquida, que según la creencia popular tenía poderes curativos, fomentó un culto popular del santo. El aniversario de su muerte llegó a conocerse como, El Día de San Nicolás.
A través de los siglos se han contado muchas historias y leyendas de la vida de San Nicolás. Estas historias nos ayudan a entender el carácter extraordinario de este santo y porque él es tan querido y respetado como el protector de los necesitados.
St Nicholas in prison
St. Nicholas in prison
Artist: Elisabeth Jvanovsky
St Nicholas giving gold to father
St. Nicholas giving dowry gold
Artist: Elisabeth Jvanovsky
Una historia habla de un pobre que tenía tres hijas. En esos tiempos el padre de una mujer joven tenía que ofrecerle a su novio algo de valor—una dote. La más grande la dote, mejor la posibilidad de encontrar un buen esposo para sus hijas. Sin una dote fue improbable que una mujer se casara. Estos hijas del hombre pobre, sin dotes, fueron destinadas a vivir una vida de servidumbre sin casarse. Misteriosamente, en tres diferentes ocasiones, una bolsa de oro apareció en su casa proviendo las dotes necesarias. Se dice que las bolas de oro, tirades por una ventana, cayeron en unos calcetines o unos zapatos dejados cerca del fuego para secar. Esto dio principio a la costumbre de colgar sus calcetines o dejar sus zapatos para recibir regalos de San Nicolás. Y por eso uno de los símbolos de San Nicolás es tres bolas color de oro, a veces representadas con naranjas. Por eso San Nicolás era uno que daba regalos.
Una de las historias más antiguas de San Nicolás como un protector de niños toma lugar muchos años después de su muerte. La gente de Myra estaban celebrando el santo del Santo cuando una banda de piratas árabes de Grecia llegaron en su distrito. Robaron unos tesoros de la Iglesia de San Nicolás. Al dejar el pueblo, raptaron a un muchacho llamado, Basilios, para hacerlo esclavo. Su jefe escogió a Basilios como su sirviente. Por un año Basilios servía al rey árabe, pero no entendía lo que el rey decía porque Basilios no entendía la lengua árabe. Los padres de Basilios sufrían mucho por la falta de su hijo, y cuando llegó el próximo Día de San Nicolás su madre no asistía a las festividades. En vez de festejar ella tenía oraciones por Basilios en su casa. Mientras Basilios cumplía sus quehaceres del rey, de repente fue llevada al aire y se le apareció San Nicolás. El santo lo bendijo y los regresó a sus casa en Myra. Imagínense la alegría cuando Basilios apareció ante sus papas con la copa del rey todavía en su mano. Esta es la primera historia que habla de San Nicolás como un protector de niños.
St Nicholas rescuing boys
St. Nicholas rescuing murdered children
Artist: Elisabeth Jvanovsky
St Nicholas saving ship
St. Nicholas' prayer calming seas
Artist: Elisabeth Jvanovsky
A través de los siglos San Nicolás se ha venerado por los Católicos y los Ortodoxos, y honrado por Protestantes. Por su ejemplo de generosidad a los con necesidad, especialmente a los niños, San Nicolás continua ser una figura de compasión.
Children with St. Nicholas cookies
Celebrating St. Nicholas
Artist: Elisabeth Jvanovsky
 
Children with St. Nicholas cookies
Celebrating St. Nicholas
Artist: Elisabeth Jvanovsky
 

El Día de San Nicolás, 6 de diciembre, se celebra por todo Europa. En Alemania y Polonia, muchachos se visten de obispos y piden limosna por los pobres—¡y a veces por ellos mismos! En Holanda y en Bélgica, San Nicolás llega en un barco de España y monta un caballo blanco para entregar sus regalos. El 6 de diciembre todavía es el día cuando se dan regalos en Europa. Por ejemplo, en Holanda el Día de San Nicolás se celebra por compartir dulces (tirados por la puerta), chocolate, regalitos y juegos. Los niños holandeses dejan zanahorias y pasto en sus zapatos para el caballo, esperando que San Nicolás los cambiarán pos regalos. Dando regalos en el principio de Adviento (Dic. 6) preserva el Día de Navidad como un día para enfocarnos en el Niño Jesús.

Sinterklaas año 2010

jueves, 2 de diciembre de 2010

La iniciación - CONTROL DE LOS PENSAMIENTOS Y DE LOS SENTIMIENTOS






   Si se busca el acceso a la ciencia oculta de la manera descrita en los capítulos precedentes, es absolutamente necesario fortificarse durante el curso del trabajo mediante un pensamiento particularmente estimulante.  Es preciso tener continuamente en la mente la idea de que se pueden realizar progresos muy serios sin que tales progresos sean visibles precisamente bajo la forma que se esperaba.  Si no se tiene en cuenta este hecho,  se corre un alto riesgo de perder la paciencia y abandonar, al cabo de poco tiempo, todo tipo de tentativa.  Las fuerzas y las facultades que se trata de desarrollar son el los comienzos de una naturaleza muy delicada y su esencia difiere completamente de todo cuanto el hombre se ha podido representar con anterioridad.  Hasta aquí, él no conocía más que el contacto con el mundo físico.  Las realidades del espíritu y del alma escapaban a su mirada como escapaban a sus conceptos.  No hay pues nada de asombroso en el hecho de que no se advierta inmediatamente la presencia de las fuerzas espirituales y psíquicas que han hecho su aparición en él.
   Hay un gran riesgo de error para el que penetre en el sendero sin tener en cuenta el cúmulo de experiencias amontonadas por investigadores expertos.  Un ocultista constata los progresos experimentados por el discípulo mucho tiempo antes de que el propio interesado tenga conciencia plena de ellos.  El sabe de qué manera se forma el ojo del espíritu en su delicada estructura, antes de que el discípulo sepa nada de ello.  Una de las partes más importantes de las indicaciones que da consiste precisamente en expresar las reglas que permiten al estudiante no perder la confianza, la paciencia y la tenacidad, antes de haber obtenido el conocimiento.  A decir verdad, el maestro no puede dar nada al alumno, si éste no lo posee ya, ni siquiera de una manera escondida, latente.  En realidad, no se le puede conducir más que hacia el despertar de las facultades que yacen en él como dormidas.  Pero la descripción del camino a través del cuál él mismo ha pasado ya puede servir de apoyo a quien quiera ir desde la oscuridad a la luz.
   Se da el caso de muchos que abandonan el sendero de la ciencia oculta después de poco tiempo, porque sus progresos no le parecen al principio lo suficientemente notables.  E inclusive cuando sobrevienen las primeras experiencias superiores de las que el alumno tiene conciencia, a menudo considera ilusiones, porque se había imaginado que era una cosa completamente distinta la que debía sentir.  Entonces se desanima, bien porque considera estas primeras experiencias como carentes de valor, o porque las encuentra demasiado pequeñas, insignificantes, como para que le conduzcan pronto a un resultado serio.
   Ahora bien, el ánimo y la confianza en sí son dos luces que no se deben dejar extinguir en ningún momento cuando se transita el sendero del ocultismo.  Si no se es capaz de repetir con paciencia y sin cansarse un ejercicio en el que se ha fracasado un incalculable número de veces, no se irá muy lejos.
   Mucho antes de que se pueda tener una percepción neta de los progresos realizados, un confuso sentimiento advierte de que se está sobre el buen camino.  Pues bien, hay que cultivar, alimentar este sentimiento porque se puede convertir en una segura guía.
   Ante todo importa extirpar es sí la superstición de que se puede acceder al conocimiento superior con la ayuda de procedimientos extraños y misteriosos.  Por el contrario, hay que tener bien claro que se pueden tener, que se pueden tomar como punto de partida los sentimientos y los pensamientos de la vida cotidiana, sólo que imprimiéndoles una nueva dirección.  Cada uno puede decirse: en la esfera de mis sentimientos personales y de mis ideas se encuentran escondidos los más augustos misterios; pero hasta aquí no los he logrado percibir.
   El problema reside pues finalmente en esto: el hombre lleva consigo por todas partes su cuerpo, su alma y su espíritu, pero no es consciente más que de su cuerpo, y no de su alma ni de su espíritu.  Por el contrario, el ocultista llega a ser tan consciente de su alma y de su espíritu como el hombre normal lo es de su cuerpo.
   Es por esto por lo que resulta tan importante orientar los sentimientos y los pensamientos en la buena dirección.  Entonces se desarrollará en la vida ordinaria la facultad de percibir las cosas invisibles.  Nosotros vamos a dar aquí uno de los medios de lograrlo.  Se trata de un método de extremada sencillez, como casi todos los que hemos descrito hasta el momento, pero produce los más grandes efectos cuando se le pone en práctica con continuidad y se le sabe acompañar de las disposiciones interiores necesarias.
   Póngase delante de sí una pequeña semilla.  Entonces se trata de hacer nacer con intensidad en uno mismo, en presencia de aquel minúsculo objeto, todos cuantos sentimientos se puedan relacionar con él y, a través de estos pensamientos, despertar ciertos sentimientos.
   Antes que nada, hay que darse cuenta con mucha claridad, con absoluta nitidez, lo que perciben los ojos.  Hágase después una buena descripción de la forma, el color y de todas las demás características de la semilla.  A continuación, reflexione sobre esto: si esta semilla se introduce en la tierra, de ella nacerá una planta muy compleja.  Represéntese uno esta planta con el mayor número de detalles posibles.  Evóquesela en la imaginación.  Y dígase uno a sí mismo entonces: lo que yo evoco actualmente en mi imaginación, las fuerzas de la tierra y de la luz lo van a hacer surgir con plena realidad, algún día, del seno de este grano; si lo que yo tuviese delante de mi fuese una imitación artificial del grano de semilla, que lo reprodujese con tanta exactitud que mis ojos no fuesen capaces de distinguirlo del verdadero, de hecho no existirá ninguna fuerza, ni en la tierra ni el la luz, que fuese capaz de hacer surgir de ella una planta.
   Cáptese muy claramente este pensamiento, vívaselo en sí mismo, y se llegará a ser capaz de concebir lo que sigue añadiéndole el sentimiento apropiado.
   Hay que decirse lo siguiente: en este grano reposa ya, aunque de una manera oculta, toda la planta en potencia, absolutamente todo el organismo que de ella surgirá más tarde.  Esta fuerza no reside en la imitación de grano de semilla.  Sin embargo, ante mis ojos, los dos resultan idénticos.  En el grano real existe pues algo de invisible que no se encuentra en el objeto artificial.  Pues bien, es sobre este algo invisible sobre lo que hay que dirigir ahora los pensamientos y los sentimientos. *
   Represéntense ustedes bien esto: es este algo invisible lo que, más tarde, se transformará en la planta visible que yo podré contemplar en su forma y su color.  Y tengan presente este pensamiento “lo invisible se convertirá en visible”.  Si yo no fuera capaz de pensar lo que no será visible sino más tarde no podría dárseme a conocer desde ahora mismo.
   Pero hay que precisar muy bien un punto: lo que se piensa debe ser intensamente sentido.  En medio de una auténtica calma, sin dejarse distraer por ningún otro pensamiento, se vive en uno mismo lo que acabamos de  describir; y hay que darse el tiempo necesario por ligar los pensamientos y el sentimiento, a fin de que ellos dejen en el alma una profunda huella.  Si se consigue de la forma conveniente, se llegará, después de un cierto tiempo, quizá solamente después de una gran cantidad de intentos, a tomar conciencia de una fuerza, una fuerza que propiciará una visión nueva de las cosas: la semilla aparecerá como situada en el centro de una ligera nube luminosa.  A esta nube, se la puede sentir, de un modo sensorial y espiritual, como una especie de llama.  Lo que se siente ante el centro de esta llama es lo mismo que se siente delante del color lila—malva, en tanto que el borde evoca la impresión que suele comunicar un color azulado.  Entonces aparece lo que nunca se ha visto antes, pero que es lo que ha hecho nacer la fuerza del pensamiento y de los sentimientos despiertos en nosotros por la meditación.  Una cosa, invisible para los sentidos físicos y que, en su estado de planta, no debería aparecer sino más tarde, se nos revela en el presente espiritualmente visible.
   Es evidente que la mayoría de las personas considerarán este tipo de revelaciones como una pura ilusión.  Muchas de estas personas se preguntarán: ¿qué significan estas visiones, estos fantasmas?  Y más de uno se desanimará y no proseguirá transitando el sendero.  La dificultad mayor está justamente en atravesar estas etapas tan arduas de la evolución humana sin confundir la imaginación con la realidad espiritual, y en encontrar además el valor necesario para continuar la marcha hacia delante sin temores ni aprehensiones.
   Por otra parte, es preciso no dejar un solo instante de reforzar el buen sentido, esa capacidad tan importante que es la que faculta para distinguir la verdad de la ilusión.
   Durante todos estos ejercicios, hay que tener cuidado de no perder, ni un solo instante, el pleno dominio consciente de uno mismo.  Se debe pensar con tanta seguridad como si se tratara de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.  Porque sería verdaderamente lamentable que se cayera en un estado próximo a la alucinación.  Las ideas deben permanecer claras, por no decir frías, y esto, además, sin el menor desfallecimiento.  Si estos ejercicios llegaran a hacer perder el equilibrio interior de tal manera que impidiesen juzgar sana y claramente las cosas y los acontecimientos de la vida ordinaria, como se venía haciendo hasta ese momento, ello significaría un gran fallo.  El discípulo debe en tal caso examinarse a sí mismo concienzudamente, para verificar si este equilibrio permanece intacto y si él sigue siendo él mismo en el seno de las condiciones en que vive.  Una calma inconmovible, un claro sentido de todas las cosas y acontecimientos: he aquí lo que hay que saber conservar.  Por otra parte, hay que tener mucho cuidado de no dejarse arrastrar a ningún tipo de vagabundeo de las ideas y no entregarse al primer ejercicio que a uno se le ocurra.  Las directrices que hemos dado aquí respecto a la mejor forma de llevar a cabo la meditación han sido experimentadas y practicadas desde la más remota antigüedad en las escuelas de ocultismo, y éstas y solo éstas son las que nosotros comunicamos.  Por tanto, nada de improvisaciones ni de iniciativas personales.  Quien quiera aplicar métodos de otra naturaleza, forjarse para sí mismo su propia manera de hacer las cosas o tomar de este o aquel libro, de noticias fragmentarias que le llegan al azar, quien haga esto, caerá fatalmente en el error y no tardará en dejarse arrastrar por divagaciones sin fin.
   El ejercicio que acabamos de describir tiene que ser completado por otro.
   Se trata de ponerse delante de una planta en estado de pleno desarrollo y penetrarse del pensamiento de que llegará un día en que esa planta perecerá; de que eso que yo veo ahora tan plenamente delante de mí un día ya no existirá.  Pese a esto, esa planta habrá madurado en sí semillas capaces de dar vida a otras plantas nuevas.
   Heme aquí pues llegado de nuevo a la constatación de que, en el seno de todo cuanto veo, existe algo que yo no veo, algo oculto que no se hace presente a mis sentidos.
   Yo lleno mi espíritu con el pensamiento de que esta planta, con su forma y sus colores, morirá un día; pero la representación intensa que ella lleva consigo de un germen de futuro me enseña que no desaparecerá absolutamente en la nada.  Lo que la preserva del aniquilamiento total escapa por completo a mi visión como anteriormente escapaba la planta que existe en potencia en la semilla.  Hay pues en esta planta algo que yo no veo con mis ojos.  Si yo hago vivir en mí este pensamiento, uniéndolo al sentimiento que le corresponde, después de un cierto tiempo se desarrollará en mí una fuerza que provocará un nuevo modo de visión.  Veré entonces cómo sale de la planta una especie de forma espiritual semejante a una llama.  Pero esta llama es naturalmente más grande que la que hemos descrito con anterioridad; puede dar una impresión semejante a  la del azul verdoso en su parte media y al rojo amarillento en sus bordes exteriores.
   Subrayemos aquí expresamente que no se ven estos que hemos llamado colores de la misma manera que los ojos físicos ven los colores de las cosas; lo que queremos decir es que la percepción espiritual comunica una impresión análoga a la que se siente ante un color físico.  En este orden de ideas, tener la percepción espiritual del “azul” significa lo siguiente: sentir una impresión análoga a la que el color azul transmite por mediación del ojo físico.  Hay que tener mucho cuidado con esto, si se quiere realmente llegar a conseguir un progreso en la percepción espiritual.  En otro caso, no se alcanza de lo espiritual más que una repetición del fenómeno físico, lo que puede llegar a proporcionar decepciones verdaderamente amargas.
   Si se llega a adquirir esta facultad de ver en espíritu, se habrá dado un gran paso hacia delante, porque las cosas se revelan entonces, no sólo en su existencia presente, sino en sus fases de crecimiento y de decadencia.
   Se comienza a ver por todas partes el espíritu, de que los sentidos físicos no pueden saber nada.  Se cumplen los primeros pasos hacia la contemplación de un misterio: el misterio del nacimiento y de la muerte.  Para los sentidos exteriores, los seres aparecen con el nacimiento y desaparecen con la muerte.  Si esto es así, es porque los sentidos no saben percibir el espíritu oculto de los seres.  Para el espíritu, el nacimiento y la muerte no son más que una metamorfosis, como la floración que, a partir del capullo, hace surgir la flor, es igualmente una metamorfosis que se opera ante nuestros ojos.  Pero si se quiere penetrar por sí mismo en la esencia que se transforma, hay que trabajar en el despertar de los sentidos superiores mediante el método que hemos indicado.
   Con ideas de soslayar enseguida otra objeción que se nos podría hacer por parte de personas dotadas de alguna experiencia psíquica añadamos todavía lo siguiente: no se puede negar que existen caminos más cortos y más sencillos, ni, por otra parte, que existen personas que, por sí mismas, adquieren el sentido del crecimiento y la decadencia, del nacimiento y de la muerte, sin necesidad de haber practicado ninguno de los ejercicios que acabamos de describir.  Hay en efecto, seres humanos que poseen naturalmente disposiciones y facultades psíquicas muy notables, personas a las que les basta un ligero impulso para desarrollarse espiritualmente.  Pero, hay que decirlo; son las excepciones.  No es normal encontrarse con esta posibilidad de desarrollo espiritual; en cambio, el camino que nosotros hemos indicado es seguro y está abierto a todos.   Tampoco es absolutamente imposible adquirir por ejemplo nociones de química por medios excepcionales.  Por supuesto, pero si uno quiere llegar a convertirse en un químico no tiene más remedio que transitar la ruta común y verificada.
   Se cometería un gran error, de graves consecuencias, si se pensara que se puede alcanzar la meta más fácilmente contentándose con representarse, con imaginar la semilla o la planta.  Procediendo de esta manera, se puede también obtener un resultado, pero con menos seguridad que mediante al método señalado.  En la mayoría de los casos, la visión que se obtenga no será más que una especie de espejismo de la imaginación, y será preciso esperar a que se transforme en una visión verdaderamente espiritual.  Porque lo esencial es no inventarse para sí mismo, a la medida del propio capricho, percepciones nuevas, sino de dejar a la realidad que las cree en sí.  La verdad debe brotar de las profundidades de mi alma, ciertamente, pero no es a mi yo ordinario al que le corresponde representar el papel de mago que extrae esta verdad de la nada.  Los mismos seres, cuya realidad espiritual yo quiero contemplar, son los que deben cumplir la función de este mago.
   Si, mediante esta disciplina, se ha hecho nacer en sí los rudimentos de la percepción espiritual, se podrá llegar a conseguir elevarse hasta la contemplación del ser humano mismo, eligiendo de él, en primer lugar, las manifestaciones más sencillas de la vida humana.
   Pero, antes de llegar a esto, es necesario trabajar enérgicamente en la completa purificación del propio ser moral.  Hay que vencer, apartar de sí toda tentación de utilizar para el provecho personal el conocimiento así adquirido.  Es preciso comprometerse con uno mismo a no hacer jamás un mal uso del poder, sobre los semejantes, que se puede llegar a adquirir.  Igualmente, todos aquellos que buscan penetrar por sí mismos en los secretos de la naturaleza humana deben observar la “regla de oro” del verdadero ocultismo, una regla que se expresa del siguiente modo: “Cuando se intente dar un paso hacia delante en el conocimiento de las verdades ocultas, debe darse al mismo tiempo tres pasos en orden al perfeccionamiento del  carácter en el sentido del bien”.  El que observa esta regla puede emprender ejercicios del género del que acabamos de describir.
   Evoquen ustedes la imagen de un hombre que, un día ha observado que deseaba, que codiciaba la posesión inmediata de un objeto, y concentren su observación sobre ese deseo, sobre esa ansia posesiva.  Es preferible evocar el momento en que ese deseo alcanzaba en su más alto grado de intensidad, pero cuando todavía se podía uno preguntar si el hombre podría realmente llegar a satisfacerlo.  Y ahora entréguense todos enteros a la representación de lo que les evoca su recuerdo.  Hagan reinar en su alma una tranquilidad, una calma tan absoluta como sea posible; intentad convertiros en ciegos y sordos ante todo cuanto os rodea; vigilad atentamente para que la representación evocada os despierte un sentimiento en el alma.  Dejad que este sentimiento ascienda por vuestro ser como una nube asciende en el horizonte de un cielo perfectamente límpido.  Naturalmente, por regla general, la observación será suspendida por el hecho de que no se pueda observar durante el tiempo necesario, en su estado de deseo, al hombre sobre el que se dirige la atención.  Es preciso recomenzar cien veces, si hace falta este ejercicio, si no se obtienen resultados; pero no hay que perder la paciencia.  Finalmente, sentid cómo asciende en vuestro interior el sentimiento correspondiente al estado de ánimo de aquél a quien están observando.  Después de un cierto tiempo, advertirán que este sentimiento desarrolla en vuestra alma una fuerza que dará nacimiento a la “visión espiritual” de los estados interiores.  Verán aparecer en su campo visual una imagen que produce una impresión luminosa; esta imagen luminosa, de naturaleza espiritual, constituye la manifestación “astral” del estado del deseo observado.  También en esta ocasión podemos comparar esta imagen con una llama que experimentada como de una coloración roja amarillenta en el centro y azul rojiza o lila en su contorno.  Todo depende a continuación del tacto con que se rodeen estas visiones espirituales.  En  primer lugar, lo mejor es no hablar de ellas a nadie, salvo, eventualmente, al propio guía, si es que se tiene un guía.  Porque se intenta describir torpemente, mediante palabras, un fenómeno de este género, a menudo se puede ser presa de muy crueles desilusiones.  Porque se emplean palabras corrientes que no convienen en absoluto a semejantes temas, a cuyo respecto resultan demasiado groseras.  Por consiguiente, al intentar describir así estas experiencias, se siente uno tentado a mezclar visiones auténticas con espejismos de toda laya.
   Una vez más, se impone el discípulo, en este punto, una regla importante:  aprende a guardar silencio sobre tus visiones.  Sí, has de saber callarte incluso delante de ti mismo.  Lo que hayas visto en espíritu, no intentes ni expresarlo en palabras ni interpretarlo mediante torpes razonamientos.  Entrégate sin prejuicios a tu visión espiritual, y cuida de no turbarla con demasiadas reflexiones.  Piensa que, en efecto, tus reflexiones no estarán al principio, en modo alguno, en armonía con lo que hayas visto.  Hasta este momento, no han sido alimentadas más que por impresiones limitadas al mundo de lo físico.  Ahora bien, tus experiencias actuales superan con mucho esos límites.  No intentes pues aplicar a estas nuevas y más elevadas experiencias una medida adaptada a las antiguas.  Es necesario haber adquirido mucha firmeza y seguridad en la experiencia interior para poder hablar de ella de una forma que resulte provechosa para los demás.
   A este ejercicio, debe venir a unirse otro que lo completa.  Es preciso observar de la misma manera cómo se comporta un hombre que acaba de satisfacer uno de sus deseos, de colmar una de sus esperanzas.
   Si se observan las mismas reglas y las mismas precauciones que hemos aconsejado para el caso precedente, se accederá igualmente a una visión espiritual del fenómeno.  Se observará una forma espiritual semejante a una llama, que comunica el sentimiento de ser amarilla en el centro y verdosa en su contorno.
   Mediante una observación de este tipo, aplicada a los semejantes, se puede fácilmente caer en una falta moral grave: se puede volver uno insensible, incapacitado para el amor.  Evitar a toda costa que ocurra así.  Para llevar a cabo semejantes observaciones, es preciso haber alcanzado el punto de evolución en que se posee una certidumbre absoluta: el punto en el que los pensamientos son realidades.
   Si se está convencido de esto, ya no se debe uno permitir tener, con respecto a los demás, pensamientos que no sean conciliables con el más profundo respeto por la dignidad y la libertad humana.  La idea de que un hombre pueda convertirse para nosotros en nada más que un objeto de observación no debe poseernos un solo instante.   La educación de uno mismo debe siempre caminar pareja con la observación ocultista del ser humano.  Esta educación es la que nos permitirá afirmar sin reserva el derecho de cada hombre a ser él mismo; consideraremos el alma de otro como un santuario, inviolable por nosotros tanto en pensamiento como en sentimiento; un sentimiento de respeto sagrado nos penetra con respecto a todo fenómeno humano, inclusive cuando sólo es evocado a través del recuerdo.
   Por el momento, todavía no es posible dar aquí más que dos ejemplos de lo que se debe a la iluminación en lo concerniente la naturaleza humana; ello basta, por otra parte, para demostrar el camino por el que hay que avanzar.
   Quien pueda asegurarse ese silencio y esa calma interior que son indispensables para llevar a cabo con éxito estos ejercicios, logra ya, por esto sólo, operar una gran transformación en sí.  Y esta transformación enriquece hasta tal punto su vida interior que confiere tranquilidad y seguridad hasta en el comportamiento externo, que, a su vez, tiene su repercusión sobre el alma.
   Será así como esta persona avanzará, y como encontrará los medios de descubrir cada vez más los aspectos de la naturaleza humana que permanecen ocultos para los sentidos externos.  Y alcanzará un día la madurez requerida para sumergir su mirada hasta en aquellas relaciones misteriosas que ponen al hombre en armonía con todo cuanto existe en el universo.
   Situado en esta vía, el hombre no deja de aproximarse al momento en que va a poder dar sus primeros pasos en al iniciación.  Pero, antes de que pueda darlos, todavía es necesaria otra cosa; una cosa cuya necesidad el discípulo es posible que no comprenda hasta más tarde.  Pero llegará a comprenderla, eso es seguro.
   En efecto, lo que el candidato a la iniciación debe llevar consigo es un valor perfecto y, en una cierta medida, una ausencia total del miedo.  Por tanto, se deben buscar las ocasiones favorables para el desarrollo de estas virtudes.  Deben ser sistemáticamente cultivadas en el curso del entrenamiento oculto.  De hecho, la vida misma es una excelente escuela para esto, tal vez la mejor.  Saber mirar de frente al peligro, intentar superar las dificultades sin vacilación, de todo esto hay que ser capaz.
   Por ejemplo, frente a un peligro, él debe inmediatamente aferrarse a un sentimiento como éste: “Mi angustia no servirá para nada; tengo que liberarme de ella para concentrarme en lo que debo hacer”.  Debe llegar por este medio a un estado que le permita, frente a situaciones que antes le causaban ansiedad, sentir en lo más profundo de su ser que la ansiedad y el desánimo se han convertido para él en algo completamente imposible.  Mediante esta educación de sí mismo, el discípulo despierta en sí determinadas fuerzas de las que tiene necesidad para ser iniciado en los misterios más elevados.  De la misma manera que el hombre físico tiene necesidad de fuerza nerviosa para emplear sus sentidos físicos, el hombre psíquico tiene necesidad de una fuerza que no se desarrollaba más que en las naturalezas intrépidas y animosas.  Aquel que penetra en los misterios superiores ve un cierto número de cosas que las ilusiones de los sentidos ocultan a la visión ordinaria.  Y, precisamente, cuando los sentidos físicos nos impiden ver las verdades superiores, estas trabas constituyen un beneficio para el hombre ordinario.  Gracias a ellas, efectivamente, permanecen ocultas determinadas cosas que podrían producir perturbaciones sin límites en aquellos que, por no estar preparados, no podrían soportar su vista.
   El investigador espiritual debe volverse capaz de soportar estos espectáculos.  Pierde un cierto número de apoyos en el mundo exterior.  El era justamente deudor de estos apoyos en la ilusión sensible que le cautivaba.  Las cosas pasan literalmente como si se le señalara bruscamente a alguno un peligro al que se encontrase expuesto desde hacia mucho tiempo pero sin saberlo.  Anteriormente, no temblaba; pero, ahora que lo sabe, el miedo le sobrecoge, aunque el peligro no haya empeorado por el hecho de que se haya tomado conciencia de él.
   Las fuerzas del universo son una naturaleza que a la vez destruye y edifica; el destino de todo cuando existe exteriormente es nacer y morir.  Quien posee el conocimiento debe sumergir su mirada en el juego de las fuerzas, el movimiento de este destino.  Para esto es preciso que aparte el velo que habitualmente oscurece su visión espiritual.  Pero el hombre mismo está mezclado a la acción de estas fuerzas y de este destino.  Estas fuerzas, constructivas y destructivas, las encuentra en su propia naturaleza. Tan desnuda como se le aparezca al vidente la vida, se le aparecerá también su propia alma.  Frente a este conocimiento de sí mismo, el estudiante no debe perder sus fuerzas.  Para que no le falten, es necesario que las tenga sobreabundantemente; y a tal fin debe aprender a conservar la calma y la tranquilidad interiores en las circunstancias más difíciles de la vida.  Debe edificar en sí mismo una confianza inconmovible en las fuerzas positivas, buenas, de la existencia, y tomar la determinación de perder un cierto número de impulsos que hasta entonces le hacían actuar.  Se da cuenta de que a menudo ha pensado y actuado por pura ignorancia y que los móviles que antes le impulsaban en adelante le faltan.
   Por ejemplo: a menudo ha actuado por vanidad y por amor propio; ahora constata que ni la vanidad ni el amor propio tienen ningún valor para el que sabe.   A menudo ha actuado por codicia y ambición y ahora constata que tal tipo de deseos y motivaciones causan verdaderos estragos.  Necesitará pues de nuevos móviles para sus acciones, para sus pensamientos, y es en estos momentos cuando deben intervenir el valor y la ausencia total del miedo.
   Principalmente conviene cultivar este valor y esta intrepidez en lo más profundo de la vida de los pensamientos.  Nunca un fracaso debe arrastrar al desánimo.  Cada vez, debe recurrir a este pensamiento: “Olvidaré que a menudo he fracasado ya en esta empresa y voy a recomenzar mi tentativa como si nunca lo hubiese intentado hasta ahora”.   De este modo, adquiere la convicción de que la fuente de la que puede sacar fuerzas es inagotable en el universo.  Aspira al mundo espiritual que está dispuesto a ayudarle, a sostenerle, tan pronto como se haya revelado a sí mismo la debilidad de su ser terreno.  Se vuelve capaz de encaminarse hacia el porvenir y no se deja turbar en su marcha hacia delante por el recuerdo de ninguna experiencia del pasado.
   Si alguno posee, hasta cierto grado, las cualidades que acabamos de describir, es señal de que está maduro para entender los verdaderos nombres de las cosas que constituyen la clave del conocimiento superior.  Porque la iniciación consiste en conocer las cosas del universo por el nombre que ellas tienen en el espíritu de sus divinos autores.  En estos nombres residen los misterios de las cosas.  Si los iniciados hablan una lengua distinta a la de los profanos es porque pueden dar a los seres el apelativo que sirvió para crearlos.
   Nuestro próximo capítulo tratará de la iniciación misma, en la medida, naturalmente, en que esto es posible.



*- Si se objetase por alguien que, al examen microscópico, el objeto real llega a distinguirse de la imitación, con ellos se demostraría solamente que no se ha comprendido el verdadero objetivo de estos ejercicios; lo esencial no es tanto el objeto real, sensible, que se tiene ante sí, cuanto el impulso de desarrollar a partir de él las fuerzas latentes en el alma y en el espíritu.

martes, 30 de noviembre de 2010

La iniciación - LA ILUMINACION





   La iluminación es el resultado de ejercicios preparatorios muy sencillos.  En este caso también, se trata de apelar a determinados pensamientos y sentimientos que dormitan en el hombre, en estado latente, y que deben ser despertados.  Pero, al igual que en todo los tramos de la vida espiritual, solamente quien realiza esos ejercicios con una paciencia rigurosa y una perseverancia total puede desembocar en la percepción de la luz interior.
   Los primeros pasos consisten en observar de una manera muy particular ciertos fenómenos y ciertos seres naturales; por ejemplo, un cristal transparente bellamente pulimentado, a continuación una planta, después un animal....  Se puede comenzar por ejemplo por concentrar toda la atención en la comparación de la piedra con el animal de la manera que se va a describir a continuación.
   Los pensamientos indicados aquí deben apoderarse de toda el alma, acompañándose de sentimientos muy vivos.  Ningún otro pensamiento, ningún otro sentimiento debe mezclarse con ellos ni perturbar la intensidad de la observación.  Hay que decirse a uno mismo algo como esto: “La piedra tiene una forma.  El animal también tiene una forma.  La piedra permanece inmóvil en su sitio.  El animal cambia de sitio.  Es el deseo, el instinto el que impulsa al animal a cambiar de sitio, y es también a la satisfacción de sus instintos a lo que sirve la forma del animal; en efecto, los órganos y los miembros que le sirven de instrumento están conformados de acuerdo con esos instintos por el deseo, mientras que la forma de la piedra es la resultante de unas fuerzas de las que no forma parte ningún deseo”. *
   Si uno se sumerge intensamente en estos pensamientos y, al hacerlo, considera la piedra y el animal con una atención sostenida, surgen en el alma dos clases de sentimientos muy diferentes: el primero inspirado por la piedra, el segundo inspirado por el animal.  Naturalmente, la cosa no resultará exitosa desde el principio, sino poco a poco, mediante ejercicios muy pacientes y constantes; es la única forma de que esos dos sentimientos se aclimaten en el alma.  Para ello, insisto, sólo es preciso continuar el ejercicio sin relajarse, concentrado completamente toda la atención.  Al principio, estos sentimientos no se mantienen más que el tiempo que dura la observación; más tarde, subsisten más allá de esta duración, y finalmente podríamos decir que se instalan, que toman un camino en el que persistirán.  Cuando se logra esto, en adelante ya solamente hace falta recordarlos para que estos dos sentimientos crezcan, inclusive sin el auxilio de la observación aplicada a un objeto exterior.  De estos sentimientos y de los pensamientos ligados a ellos nace lo que podríamos llamar “órganos de la clarividencia”.
   Si a esta observación se añade la de la planta, se constata entonces que el sentimiento que inspira, tanto por su naturaleza como por su grado de intensidad, se mantiene en el término medio entre el sentimiento que hace nacer la piedra y el que provoca el animal.
   Los órganos que se forman de esta manera son los “ojos espirituales”. Progresivamente, se aprende a percibir a su través los colores del mundo del alma y del mundo del espíritu.
   Mientras que solamente se ha asimilado lo que ha sido descrito para la “preparación”, el mundo espiritual, sus líneas y sus figuras permanecen obscuras.  Mediante la iluminación, ese mundo se aclara; sus líneas y figuras se tornan nítidas.  Pero también en este caso, hagamos notar que las palabras “claro” y “oscuro”, al igual que las demás expresiones que hemos empleado, no expresan nuestro pensamiento más que aproximadamente.  Desde el momento en que no hay más remedio que servirse del lenguaje común, no podía lógicamente ser de otra manera.  Porque nuestro lenguaje corriente sólo está hecho para describir las condiciones físicas.
   La ciencia secreta califica de “azul” o “azul rojizo” los rayos que los órganos de la clarividencia ven irradiar de la piedra, y de “rojo” o “rojo amarillento”, lo que se percibe como emanante del animal.
   En realidad, los colores percibidos de esta forma son de “naturaleza espiritual”.  El que surge de la planta es “verde”, de un verde que progresivamente tiende hacia un color claro, rojo rosado, etérico.  Porque, de todos los seres vivientes, la planta es el único que, en los mundos superiores, recuerda en su forma el aspecto que tiene en el mundo físico.  Algo muy distinto a lo que ocurre en el caso de la piedra o del animal.
   Pero es necesario que se comprenda bien que los colores indicados aquí designan simplemente el matiz fundamental de los reinos mineral, animal y vegetal.  En realidad, todos los matices intermedios existen también.  Cada piedra, cada planta, cada animal posee su color particular, su color propio, dentro de la coloración de su reino.  Por otra parte, los seres de los mundos superiores, que no revisten jamás de un cuerpo físico, tienen también unos colores a menudo admirables, aunque también, en ocasiones, feos, horripilantes.  De hecho, en estos mundos superiores, la riqueza de colorido es infinitamente más variada que en el mundo físico.
   Si el hombre ha podido llegar a adquirir la facultad de ver con “los ojos del espíritu”, más pronto o más tarde se encuentra con seres, los unos más altos, los otros más bajos que él, que no penetran jamás en la realidad física.
   Cuando llega a este punto, muchas rutas se abren ante él.  Pero no se debe aconsejar a nadie ir más lejos sin observar atentamente lo que dice el investigador espiritual, esto es, lo que él ha prescrito y enseñado.  Inclusive para los ejercicios precedentes, esta dirección esclarecedora resulta excelente; y si el investigador tiene en sí la fuerza y la tenacidad suficiente para franquear los primeros grados de la iluminación, no dejará de encontrar la dirección apropiada.
   En todo caso, se hace completamente necesario tomar una precaución, y quién no quiera tomarla hará mejor en renunciar a todo tipo de progresión dentro del ocultismo.  Quien quiera de verdad comprometerse en esta vía no debe en modo alguno perder sus cualidades de nobleza, de bondad y de sensibilidad con respecto a todas las realidades físicas.  Todavía más: su fuerza moral, su pureza interior, sus facultades de observación deben no sólo mantenerse, sino crecer en el curso del aprendizaje de lo oculto.
   Por ejemplo, durante los primeros ejercicios de iluminación, debe tener cuidado, vigilar atentamente para procurar desarrollar por todos los medios su compasión y su simpatía hacia los animales y los hombres, su sentido de las bellezas de la naturaleza.  Si no tuviera cuidado de hacer esto, sus sentimientos podrían extinguirse, su sentido de la belleza embotarse, perdiendo facultades bajo la acción de estos ejercicios.  Su corazón se endurecerá, su sensibilidad se bloqueará, y de ello le pueden sobrevenir consecuencias lamentables.
   ¿Cómo se presenta la iluminación cuando se le eleva a través de la piedra, la planta y el animal hasta el hombre?  Después de la iluminación, ¿cómo se va a cumplir la comunión del alma con el mundo espiritual y, a través de todos los obstáculos, desembocar en la iniciación?  Esto es lo que vamos a exponer a continuación en la medida de lo posible.
   En nuestra época, muchas personas buscan el camino de la ciencia secreta, pero lo llevan a cabo de diversas maneras; y es el caso que muchos recurren a procedimientos peligrosos e inclusive reprensibles.  Es por esto precisamente por lo que aquellos que están seguros de poseer la verdad en este dominio deben ofrecer a los demás la posibilidad de conocer determinados rasgos de la disciplina oculta.
   Por nuestra parte, no vamos a hablar aquí de tema más que dentro de los límites de esta posibilidad; pero es necesario que alguna parte de la verdad sea revelada, para que el error no llegue a causar demasiados estragos.
   El lector puede estar seguro de que, a través de los medios que indicamos aquí, nadie puede sufrir el menor daño, si no intenta, sobre todo, forzar las cosas.
   Pero hagamos notar muy claramente por otra parte, que nadie debe consagrar a los ejercicios más tiempo ni más fuerzas de las que sus deberes y la situación que ocupa en la vida pongan a su disposición.  Nadie debe, por el hecho de estar siguiendo el sendero, cambiar por el momento su vida; ni siquiera en el más insignificante de sus rasgos o características.  Si se persiguen resultados serios, basta con que paciencia, ser capaz, después de unos minutos de aplicación, de interrumpir el ejercicio y volver tranquilamente a su trabajo acostumbrado.  Es más: hay que tener buen cuidado de no mezclar ni siquiera el pensamiento, el recuerdo de los ejercicios con ese trabajo ordinario.  El que no haya aprendido a esperar, en el mejor y más elevado sentido de la palabra, es que no vale para el entrenamiento y, por consiguiente, no alcanzará jamás resultados de valor apreciable.
En lo que concerniente a la contemplación de un cristal, el ejercicio aquí descrito es interpretado completamente del revés, por aquellos que no conocen más que el lado exterior (exotérico) de las cosas.  Estas malas interpretaciones son las que han dado lugar a prácticas poco serias como la “lectura en una bola de cristal”, que evidentemente reposa sobre un malentendido.  Hay muchas obras donde se encuentran descripciones de este tipo de “lecturas”, a las que se da un valor extraordinario.  Hay que decir claramente que este tipo de prácticas no puede constituir el objeto de una verdadera enseñanza esotérica.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La fábula del tonto

Agradezco a Graciela por el envío del mensaje que aquí reproduzco. Lo cuelgo aquí ; no sin antes decir que me he tomado el atrevimiento de cambiar una palabra que para mí gusto estaba demasiado "grocera" lo que no le ha quitado en absoluto la escencia del mensaje; espero lo disfruten.
(Para meditar seriamente)

 Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de  personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre  infeliz  de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños  mandados y recibiendo limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso.
  
Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era  motivo de risas para todos.

Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no  había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:

- Lo sé, no soy tan tonto..., vale la mitad, pero el día que escoja la  otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
 

Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones:


 La primera:   Quien parece tonto, no siempre lo es.
 La segunda:   ¿Cuáles eran los verdaderos tontos de la
 historia?

  La tercera:   Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos

 La cuarta:    (pero la más interesante) Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros. 
 

Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo.
 


MORALEJA: 'El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser    inteligente'...


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lunes, 22 de noviembre de 2010

La iniciación - LOS GRADOS DE INICIACIÓN-II






 
  Ahora bien, existen leyes semejantes en el mundo de las almas y los espíritus.  Pero allí ellas no se imponen desde el exterior, sino que deben emanar de la vida del alma.  La forma de observar esas leyes es abstenerse en todo momento de pensamientos y de sentimientos deformados.  En adelante, hay que prohibirse pues dejarse llevar por las ensoñaciones, ceder al juego de la imaginación, al capricho de los sentimientos.  No empobrecerse de ese modo la sensibilidad o, de lo contrario, se constatará que los sentimientos no se hacen lo suficientemente ricos y la imaginación no se hace verdaderamente creadora; esto sólo se consigue si se controla el curso de la vida interior.  En lugar de un sentimentalismo pueril y de arbitrarias asociaciones de ideas, surgen sentimientos llenos de sentido y pensamientos fecundos.  Estos sentimientos y estos pensamientos disciplinados permiten al hombre orientarse en el mundo espiritual.  Aprender a establecer relaciones justas entre sí mismo y las realidades del espíritu.  Esta disciplina tiene las consecuencias precisas.  Del mismo modo que, en la vida física, se encuentra el camino a través de cosas físicas, ahora debe saberse orientar entre los fenómenos de crecimiento y de marchitamiento que acaba de profundizar de la manera descrita con anterioridad.  En adelante se observara todo cuanto brota y se extingue, todo lo que florece y muere, como lo exige el propio bien del hombre y el del universo.
   El investigador debe después cultivar las relaciones con el mundo de los sonidos.  Hay que distinguir entre los sonidos debidos a objetos inanimados (un cuerpo que cae, el repicar de una campana, el sonido de un instrumento musical) y los sonidos emitidos por un ser viviente, animal y hombre.  Oír el repique de una campana es percibir únicamente el sonido y experimentar por su causa un sentimiento agradable; pero oír el grito de un animal es, además de este sentimiento, discernir también, detrás de ese sonido, la manifestación de lo que el animal siente en su interior, placer o sufrimiento.
   Es de este segundo tipo de sonidos de los que se debe ocupar el discípulo.  Debe aplicar toda su atención para recibir, de aquel sonido que oye, una información sobre un acontecimiento que ocurre fuera de él mismo; debe sumergirse en un elemento extraño; debe ligar estrechamente su sentimiento al dolor o a la alegría que ese sonido le revela, hacer abstracción de sí mismo sin buscar si para él el sonido es o no agradable, placentero o antipático.  Solamente una cosa debe ocupar al alma: lo que ocurre en el interior del ser que emite el sonido.  Mediante estos ejercicios, concebidos metódicamente, se adquiere la facultad de vibrar, por así decir, al unísono con otro ser.
   Un hombre dotado de sentido musical encontrará que este cultivo de su sensibilidad le resulta más fácil que para aquél que no lo está; pero, sobre todo, no hay que creer que el sentido musical reemplaza por sí solo la necesaria disciplina.
   El estudiante debe aprender a experimentar, a sentir de este modo la naturaleza entera.  Por este medio, siembra gérmenes nuevos en el mundo de ideas y de sus sentimientos.  La naturaleza comienza entonces a revelar sus misterios por mediación de los sonidos que expresan la vida.  Así, lo que con anterioridad no era para el alma más que un ruido ininteligible se convierte en un lenguaje pleno de sentido.  Allí donde antes no se creía percibir más que un sonido— las resonancias de los cuerpos llamados inanimados — el discípulo comienza a percibir ahora un nuevo lenguaje del alma; si se progresa en este cultivo de los sentimientos, pronto se constatará que se pueden oír determinados sonidos cuya existencia ni siquiera se había sospechado antes.  Es que se comienza a oír con el alma.
   Para aquellos que alcanzan la cima de lo que se puede obtener en este dominio, hay que añadir un nuevo progreso.  Para ellos, resulta muy importante la manera cómo escucha a los demás.  Es preciso que se acostumbren a hacerlo de tal suerte que, durante el tiempo que están escuchando a quienes les hablan, todo se calle en su interior.
   Por ejemplo, si alguien expresa una opinión y se le está escuchando, por lo general, en uno se despierta una reacción, sea de aprobación, de objeción, o de rechazo, y mucha gente se sentirá impulsada a expresar, su acuerdo, su crítica, o su total desacuerdo. Es necesario llegar a reducir al silencio tanto la expresión de asentimiento, como de refutación o de simple comentario.
   Naturalmente, no se trata de cambiar completamente y de golpe la propia manera de ser, ni de intentar continuamente hacer reinar en el fondo de sí ese perfecto silencio interior.   Hay que comenzar por observarlo en ciertos casos particulares, elegidos con discernimiento.  Después, poco a poco, esta manera de escuchar se implantará entre las costumbres de uno.
   Este ejercicio se practica metódicamente en la investigación espiritual.  Uno se obliga primero, a plazo fijo, a prestar oído atento a los pensamientos más contradictorios y a abstenerse, cuando se les está escuchando exponer, de todo juicio reprobador.  Pero, entiéndase bien: no se trata solamente —y eso es lo verdaderamente importante— el prohibirse expresar un juicio razonado; es absolutamente necesario reprimir toda impresión de disgusto, de alejamiento e inclusive de atracción.   El estudiante debe en particular observarse a sí mismo con penetración, a fin de evitar que estas tendencias, que quizá, aparentemente, han desaparecido, no persistan muy en el trasfondo del alma.   Deberá, por ejemplo, oír hablar a personas que en un cierto sentido, le son muy inferiores (en preparación cultural, en especialización sobre un determinado tema), y reprimir durante todo ese tiempo cualquier sombra de sentimiento de superioridad, de suficiencia.  En este orden de ideas, para todos resultará útil escuchar de esta manera a los niños.  Hasta el hombre más sabio puede aprender de los pequeños una inmensa lección.
   Así, el hombre llega a saber escuchar a otro con un desasimiento perfecto, un desprendimiento completo, una abstracción total de su propia persona, de su manera de ver y de sentir.
   Si de este modo se ejercita en escuchar sin espíritu crítico, entonces, aunque se exprese delante de él la opinión más contraria a la que él pueda tener sobre una determinada materia, la idea más descabellada, la hipótesis más extravagante, poco a poco aprende a fundirse enteramente con la individualidad de otro ser, a penetrar completamente dentro de él.
   A través de las palabras, pueden oírse la voz interior de otra alma.  Si se perseverase en un ejercicio de este género, el sonido se convertiría para él en el mejor agente para percibir el alma y el espíritu.  Para ello es preciso sin duda un gran dominio de sí mismo, y se termina siendo conducido a un fin elevado.  Sobre todo, cuando este ejercicio se lleva a cabo, alcanzan a escuchar a la naturaleza mediante el arte de escuchar, un nuevo sentido del oído se despierta: se vuelve uno capaz de captar informaciones que emanan del mundo espiritual y que no logran expresarse a través de los sonidos exteriores, perceptibles por el oído físico.  Entonces se oye “el verbo interior” y se revelan a uno progresivamente verdades de origen espiritual.  Se escucha “en espíritu” *.2
   Todas las más altas verdades  son accesibles a este “verbo interior”; es de esta manera como se puede llegar a tener conciencia de las enseñanzas que se pueden recoger de todo verdadero investigador.
   Esto no quiere decir que sea inútil entregarse al estudio de obras concernientes a la ciencia oculta antes de haber logrado percibir este lenguaje interior.  Por el contrario, leyendo estos escritos, escuchando la enseñanza de los Maestros, se prepara uno para acoger en sí mismo el conocimiento.
   Todo elemento de ciencia oculta que se oye está hecho para dirigir hacia el objetivo, hacia la meta, una meta que se alcanzará si el alma hace verdaderos progresos.
   A todo lo que llevamos dicho debe pues añadirse lo más pronto posible el estudio celoso de la ciencia comunicada por los ocultistas.  En todo entrenamiento, este estudio forma parte de la preparación; y se haría muy bien en emplear todos los demás medios, pues no se lograría nada si no se lograra asimilar las enseñanzas ocultas.  Porque ellas proceden del “verbo interior” viviente, ya que ellos vienen impulsados hacia las fuentes vivas de la revelación directa; por todo esto, digo, ellos poseen en efecto una vida espiritual.
   Y éstas no son simples palabras, sin fuerzas de vida.  Mientras que se sigan las palabras de un Iniciado, mientras que se lea  un libro inspirado en una verdadera experiencia interior, una serie de fuerzas actuaran en cada uno, las cuales pueden hacernos clarividentes con tanta seguridad como las fuerzas de la naturaleza física han sacado de la substancia viviente los ojos y los oídos.

*-1     Es necesario hacer notar que la sensibilidad artística, si va unida a una naturaleza meditativa y concentrada, es la mejor condición para el desarrollo de las facultades espirituales.  La sensibilidad artística tiene, en efecto, el poder de penetrar bajo las apariencias para descubrir el misterio de las cosas.

*-2   Sólo se puede oír la voz de los Seres superiores de los que habla la ciencia de lo oculto si se ha vuelto uno capaz de escuchar así, desde el interior, en medio de un total silencio, sin la menor ráfaga de opinión personal, lo que se dice delante de nosotros.  Estos seres del mundo espiritual se callan también durante tanto tiempo como se logra proyectar todavía sobre todos los sonidos que se oyen, la reacción de los sentimientos personales.    

sábado, 20 de noviembre de 2010

La iniciación - LOS GRADOS DE INICIACION






   
Las consideraciones que vamos a hacer a continuación constituyen los elementos de una disciplina espiritual cuyo nombre y naturaleza se presentarán claramente a todos aquellos que sepan aplicarlos como es debido.
   Se relacionan con los tres grados que la escuela de la vida espiritual hace franquear para llevar a un cierto nivel de iniciación.  Naturalmente, aquí sólo se encontrará lo que puede ser expuesto al público.
   Se trata de indicaciones que han sido extraídas de un aprendizaje íntimo, mucho más profundo.  El propio entrenamiento de lo oculto hace pasar por una formación muy precisa.  Determinados ejercicios tienen por finalidad poner el alma del discípulo conscientemente en relación con el mundo espiritual.  Estos ejercicios se relacionan con el contenido de este libro casi como la enseñanza de una escuela superior, cuyo reglamento es muy severo, se relaciona con los conocimientos elementales impartidos ocasionalmente en una escuela preparatoria.  Y sin embargo, si se ponen en práctica con conciencia y perseverancia las indicaciones que aquí se encontrarán, el resultado será que se desembocará en una auténtica formación oculta, mientras que un intento prematuro, emprendido sin poseer estas cualidades de conciencia y perseverancia, no daría lugar al menor resultado apreciable.
   El trabajo oculto no puede tener éxito más que si se tienen en cuenta las condiciones descritas más arriba y se continúa avanzando según estas premisas.
   Los grados establecidos por la tradición a la que nos hemos referido son los tres siguientes:

1- La preparación.
2- La iluminación.
3- La iniciación.

   No es absolutamente necesario que estos tres grados se sigan en un orden riguroso; no hace falta que el primero sea franqueado enteramente antes que el segundo, y éste antes que el tercero.  En ciertos aspectos, se puede participar ya en la iluminación, inclusive parcialmente en la iniciación, mientras que en otros se encuentre uno todavía en la etapa de la preparación.  Sin embargo, es necesario haber consagrado un cierto tiempo a la preparación antes de que pueda apuntar siquiera una iluminación.  Y esta iluminación debe haberse producido por lo menos sobre ciertos puntos si se quiere abordar la iniciación.  Pero, para simplificar la descripción, describiremos aquí los tres grados, uno a continuación del otro.

La preparación.

   La preparación consiste en un entrenamiento muy particular de la vida de los sentimientos y de los pensamientos.  Este entrenamiento dota al “cuerpo” del alma y al “cuerpo” del espíritu de instrumentos, es decir, de sentidos y de órganos de actividad de naturaleza superior, de la misma manera que las fuerzas de la naturaleza extraen de la materia viva indiferenciada los órganos de los que está provisto el cuerpo físico.
   Para comenzar, hay que dirigir la atención hacia ciertos fenómenos del mundo que nos rodea.  Estos fenómenos son, de una parte, los de la vida en estado de germinación, de crecimiento y de expansión; de otra parte, los que presentan una vida que se marchita, se mustia, languidece.  Por todas partes por donde se mire aparecen semejantes fenómenos.  Por todas partes despiertan naturalmente sentimientos y pensamientos.  Pero, en las circunstancias ordinarias, el hombre no se entrega suficientemente a estos sentimientos y a estos pensamientos; experimenta con demasiado apremio la necesidad de pasar de una sensación a otra.  Ahora bien, se trata ahora de dirigir su atención sobre estos fenómenos con intensidad y con plena conciencia.  Allí donde encuentra el crecimiento y la floración bajo una forma bien caracterizada, el hombre debe desterrar de su alma toda impresión extraña y, durante algunos instantes, abandonarse exclusivamente a esta sensación única.  Pronto constatará que un sentimiento que en otras circunstancias, anteriormente, no habría hecho más que atravesar su alma, crece dentro de él y adopta una forma poderosa y segura; que él deja ahora vibrar en sí con la calma requerida el eco de este sentimiento y que logre que se instale en su alma un silencio perfecto; que se aísle del resto del mundo para seguir únicamente los que brotan en él como respuesta al fenómeno del crecimiento y de la expansión.
   Pero que sobre todo no crea que el progreso consiste en embotar sus sentidos respecto al mundo.  Por el contrario, antes que nada debe observar con toda intensidad y tanta exactitud como sea posible el objeto exterior.  A continuación, sólo que se entregue a los sentimientos así despiertos, a los nuevos pensamientos que ascienden a su alma.  El objeto del ejercicio es concentrar la atención simultáneamente sobre las dos cosas: el fenómeno exterior y su eco interior, y esto en un perfecto equilibrio de fuerzas.  Si se encuentran la calma necesaria y con el tiempo, se abandona a los movimientos suscitados de esta forma en el alma, se tendrá la experiencia siguiente: se verá germinar en sí todo un nuevo orden de sentimientos y de pensamientos que nunca, antes, se había conocido.  Cuanto más se dirija la atención, tanto sobre las cosas que se marchitan, languidecen y mueren, más también estos sentimientos adquirirán vitalidad.  Gracias a estos sentimientos y a estos pensamientos se edificarán los órganos de la clarividencia, al igual que los oídos y los ojos del cuerpo físico se construyen, bajo la acción de las fuerzas de la naturaleza, con la sustancia que deviene materia viviente.  Sentimientos de una forma completamente particular van unidos al crecimiento y al devenir; otros sentimientos no menos precisos van unidos al decrecimiento y al ajamiento, pero sólo cuando el cultivo de estos sentimientos se ha procurado de la manera descrita.
   Es posible ofrecer una descripción aproximada de ellos.  Cualquiera puede hacerse personalmente una representación completa de cómo son, si ha pasado por estas experiencias.  Si usted ha aplicado a menudo su atención a los fenómenos del devenir, de la expansión, de la floración, experimentará algo que presenta analogías lejanas con la impresión que produce una salida del sol.  Y, a la vista de lo que se marchita, languidece y se mustia, se experimentará un sentimiento que recuerda el lento ascenso de la luna por encima del horizonte.  Estos dos sentimientos son dos fuerzas que, mediante un entrenamiento apropiado, mediante una práctica cada vez más viva, conducen a resultados espirituales de la mayor importancia.
   El que se entrega a este entrenamiento con perseverancia, regularidad y método, ve abrirse ante él un mundo nuevo: el mundo psíquico, lo que se llama el mundo astral, comienza a levantarse, a iluminarse como una aurora.  El crecimiento y el decrecimiento no son ya para él, como anteriormente, unos hechos que le despiertan unas sensaciones vagas, sino realidades que se expresan en líneas y en figuras espirituales, cuya existencia no se había sospechado con anterioridad.  Además, estas líneas y estas figuras adquieren nuevos aspectos para cada nuevo fenómeno: una flor en el momento de abrirse hace surgir mágicamente una figura precisa, de la misma manera que un animal en vías de crecimiento, o un árbol que se está marchitando, tienen también su figura correspondiente.
   Poco a poco, el mundo psíquico (o astral) se despliega lentamente delante de él.  En estas líneas y estas figuras no hay nada de arbitrario.  Dos investigadores que se encuentren en el mismo grado de entrenamiento percibirán líneas y figuras idénticas para el mismo fenómeno.  Del mismo modo que, con toda certeza, dos hombres que estén dotados de una visión normal ven redonda una mesa redonda y no es posible que uno la vea redonda y el otro cuadrada; del mismo modo, digo, podemos estar seguros de que la misma figura espiritual se le aparece a dos almas que contemplan una flor que se abre.
   De la misma manera que la historia natural describe las formas de las plantas y los animales, un hombre versado en la ciencia de lo oculto describe o dibuja las formas espirituales de los seres en vías de crecimiento o de extinción.
   Cuando es estudiante ha llegado al punto de poder contemplar bajo su forma espiritual fenómenos igualmente perceptibles por sus ojos físicos, no está ya muy lejos de poder ver cosas que no tienen ninguna existencia física y que, por consiguiente, permanecen íntegramente escondidas (ocultas) para todo aquel que ignora la ciencia secreta.
   Es preciso insistir sobre un punto: el investigador no debe perderse en reflexionar respecto al significado de lo que ve.  Este trabajo intelectual no le serviría más que para apartarle del buen camino.  Lo que tiene que hacer es abrirse al mundo sensible sin prevención, con buen sentido, con penetración, y abandonarse después a sus propios sentimientos.  En cuanto a lo que significan las cosas no es a él a quien le toca deducirlo con sus especulaciones; que intente más bien comprender lo que le dicen estas cosas en su lenguaje *.
   Otro punto importante es el que la ciencia secreta denomina orientación en los mundos superiores.  A ella se accede penetrándose enteramente de la conciencia de que los sentimientos y los pensamientos son hechos reales, con el mismo derecho que las sillas, las mesas u otros objetos lo son en el mundo físico.  En el mundo de las almas y en el mundo de las ideas se produce una reciprocidad de acciones y de reacciones como en el mundo sensible se producen entre las cosas físicas.   Mientras no se esté completamente penetrado de esta convicción no se podrá creer que un pensamiento erróneo puede hacer tanto mal a los otros pensamientos que animan el espacio mental como el disparo de luna bala a ciegas sobre los objetos físicos que alcance con su impacto.  Muchas personas que quizá no podrían jamás llevar a cabo una acción que consideren como contrarias a la razón, no verán ningún mal en alimentar pensamientos o sentimientos falsos que creen que no tienen ningún efecto sobre el resto del mundo.  Sin embargo, no se progresará en la ciencia oculta si no se vigilan los propios pensamientos y sentimientos con tanta atención como en el mundo físico se tiene cuidado de dónde se pone el pie.  Si usted ve un muro, con seguridad que no intentará avanzar a su través, sino que lo rodeará, dirigiendo sus pasos según las leyes que rigen el mundo físico