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domingo, 5 de agosto de 2012

Una saludo !

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lunes, 3 de enero de 2011

La iniciación - LAS CONDICIONES DEL ENTRENAMIENTO OCULTO






   Las condiciones que impone un entrenamiento en el ocultismo no han sido arbitrariamente establecidas por nadie.   Ninguna persona ha impuesto en este terreno su voluntad personal.  Ellas son el resultado de la naturaleza mismo del saber oculto.  Así como un hombre no podría llegar a ser pintor si no supiese siquiera sostener un pincel entre sus manos, igualmente nadie podría recibir una formación ocultista si no consiente previamente en cumplir con las condiciones que los maestros de este saber consideran como indispensables.  En el fondo, el instructor no podría en ningún caso hacer otra cosa que dar consejos, y es precisamente en este sentido como sería preciso acoger todo cuanto él diga.  Y es que él mismo ha pasado ya por estas etapas preparatorias para el conocimiento de los mundos superiores.  Por experiencia, sabe lo que es necesario.  Por tanto, depende enteramente de la voluntad libre de cada uno recorrer o no estas mismas etapas.  Si alguien quisiera recibir las instrucciones de un ocultista sin plegarse a las condiciones necesarias, actuaría como un joven que dijese a un profesor de pintura: “Enséñeme a pintar, pero ahórreme el esfuerzo de tomar un pincel en las manos”.
   Por su parte, tampoco el instructor puede proponer nada si la libre voluntad del discípulo no viene a su encuentro.  Sin embargo, hay que hacer notar que el vago deseo de poseer un conocimiento superior no es ya de por sí un móvil suficiente.  Muchas personas poseen naturalmente este deseo, pero si no cuentan más que con esto, y no con la voluntad de plegarse a las condiciones particulares de la disciplina oculta, nada podría obtener.  Es esto algo que deberían tener muy presente todos aquellos que se quejan de las dificultades que presenta el entrenamiento.  Si usted no puede, o bien no quiere, cumplir con estas condiciones con todo rigor, es preciso que renuncie, al menos provisionalmente, a todo progreso dentro del ocultismo.  A decir verdad, estas condiciones son rigurosas, pero no duras, por el hecho mismo de que se las cumple mediante un acto que no solo debe ser libre, sino que exige esta libertad.
   Si no se comprende bien este carácter del progreso oculto, las exigencias del instructor se presentarán fácilmente como un constreñimiento impuesto al alma y al espíritu.  Al consistir la disciplina en un cultivo de la vida interior, es absolutamente necesario que el ocultista dé consejos que conciernen  a esta vida interior.  Pero no se debe considerar como un constreñimiento de las obligaciones a las que uno se somete libremente.  Si alguien tuviese con un maestro una exigencia como ésta: “Comunícame tus secretos, pero dejándome con las mismas sensaciones, los mismos sentimientos y representaciones que he tenido siempre”; si alguien hiciese esto, estaría realmente reclamando una cosa por completo imposible de realizar.  En el fondo, lo que estaría pidiendo sería simplemente que colmasen su curiosidad, su sed de conocimiento.  Pero con una disposición semejante no se adquiere la ciencia secreta.
   Y ahora debemos enumerar, siguiendo su orden, las condiciones que se imponen al discípulo.  Pero, antes de hacerlo, insistamos en que ninguna de ellas exige una realización total.  Lo único que se pide es el esfuerzo sincero de hacer lo necesario para lograr lo que se busca.  Nadie puede cumplir por completo estas condiciones, pero sí depende de la voluntad de cada uno esforzarse para conseguirlo.  Lo esencial es la voluntad y la decisión de comprometerse en esta vía.
   La primera condición es la siguiente:  es absolutamente necesario vigilar con sumo cuidado la salvaguardia de la propia salud, tanto la corporal como la espiritual.   Naturalmente, no depende de un hombre el sentirse bien pero sí depende enteramente de él hacer lo necesario para conseguirlo.  Un conocimiento sano sólo puede provenir de un organismo sano.  La disciplina oculta no es que rechace a un candidato por falta de salud, pero sí exige al estudiante que tenga la voluntad de llevar una vida sana.
   En este dominio, es necesario que se adquiera la mayor autonomía.  Los buenos consejos de otro ___consejos que, lo más a menudo, no se pierden___  resultan, por regla general superfluos.  Es a cada uno en particular a quien le toca velar por sí mismo.
   Desde el punto de vista físico, se trata sobre todo de apartar de sí las influencias dañinas.  Ciertamente, para cumplir con nuestros deberes, debemos imponernos a veces determinados esfuerzos que no son buenos para nuestra salud.   Pero ¡cuántas cosas hay a las que se puede renunciar con un poco de buena voluntad!.  El deber sí debe, en muchísimos casos, ponerse por delante de la salud; a menudo inclusive por delante de la vida; pero el placer, nunca.
   Para el investigador, el placer no debe constituir más que un medio de asegurarse la salud y la vida.  En este dominio, es absolutamente necesario ser muy sincero y franco consigo mismo.  De nada sirve llevar una vida ascética si ello se hace para buscar otros placeres.  Es posible que se encuentre en el ascetismo una voluptuosidad semejante a la que otro pueda encontrar en la bebida.  Pero, en este caso, no se debe esperar de este género de ascetismo que sirva para alcanzar los objetivos del conocimiento superior.
   Muchas personas acusan a las condiciones de su existencia de dificultar su progreso. “En mi situación, suelen decir estas personas, me es absolutamente imposible evolucionar.”  Ciertamente, puede resultar deseable para muchos mejorar su situación, pero por otros motivos, porque, con vistas al progreso oculto, esta modificación no es en absoluto indispensable.   Este objetivo lo que exige sencillamente es que se haga, precisamente en la situación en que uno se encuentra, todo lo necesario para la salud del cuerpo y del alma.
   Toda tarea, cualquier trabajo, puede servir al conjunto de la humanidad.  Posee ciertamente más grandeza reconocer que un trabajo, por ínfimo que sea, por mucho que se lo deteste, es útil para los demás, que decirse algo como esto: “Este trabajo es demasiado insignificante para mí, yo estoy hecho para otras cosas.”
   En todo caso, es de una importancia muy particular buscar un equilibrio espiritual perfecto.  Un desequilibrio en los sentimientos o los pensamientos nos desvían inexorablemente de los senderos del conocimiento superior.  La base necesaria de todo progreso es la calma y la claridad de pensamiento, la seguridad en las impresiones y los sentimientos.  Y nada hay más contrario a esto que la atracción por todo lo que es fantástico, por la exaltación, el nerviosismo, la excitación, el fanatismo.  Se debe adquirir un gran equilibrio frente a todas las situaciones que se puedan presentar en la vida; hay que saber conducirse con seguridad, y dejar que las cosas influyan y actúen tranquilamente sobre uno.  En todo cuanto esto es necesario, se debe uno esforzar por depositar la confianza en la vida.  Se debe evitar todo cuanto podría ser exagerado y parcial en los juicios o en los sentimientos.  Si no se cumple esta condición, en lugar de penetrar en los mundos superiores reales, el investigador correría el riesgo de encontrarse en un universo imaginario, donde, en lugar de la verdad, lo que reina son las fantasías y los prejuicios.  Más vale un buen sentido, con los pies firmemente asentados en la tierra, que la exaltación o la imaginación desembridada.
   
   La segunda condición es sentirse miembro de la vida universal.  Cumplir esta condición comporta obligaciones múltiples.  Sin embargo, cada persona sólo puede satisfacerlas a su manera.
   Si yo soy, por ejemplo, educador, y mi alumno no responde a lo que yo espero de él, en principio no debo culparle a él sino a mí.  Debo tener una conciencia tan profunda de ser uno con él, que me pregunte: las debilidades y defectos de mi alumno, ¿no son precisamente una consecuencia de mi manera de ser?.  Y, en lugar de ponerme contra él, reflexionaré más bien en lo que debo hacer para que en lo sucesivo él responda mejor a mis exigencias.  Este estado de espíritu va modificando poco a poco toda mi manera de pensar, tanto en lo referente a las pequeñas cosas como respecto a las grandes.  En estas condiciones, considero por ejemplo a un criminal de otra forma que antes, suspendo mi juicio y me digo: “Yo soy un ser humano igual que él.   Quizá solamente la educación que he recibido me ha preservado de seguir su misma suerte.”  Por este camino, llego a pensar que este hermano en humanidad hubiera podido llegar a convertirse en otra cosa si los maestros que se han preocupado por educarme a mí se hubiesen ocupado de él.  Consideraré entonces que he gozado de un beneficio que a él le ha sido negado y que yo debo mi honestidad precisamente a unas circunstancias de las que él ha sido privado.  Llegado a este convencimiento, ya no estaría muy alejado de la idea de que yo, miembro del organismo humano, soy solidariamente responsable de lo que le pasa en este organismo.
   Esto no quiere decir que este pensamiento deba traducirse inmediatamente, mediante manifestaciones exteriores de agitación.  Es por el contrario en el silencio del alma donde es preciso cultivarlo.  A partir de entonces, la conducta del individuo empezará a impregnarse lentamente de él.   En semejantes dominios, no se debe comenzar sino por reformarse a uno mismo. Nada resulta más estéril que pretender reformar a la humanidad imponiéndole exigencias generales.   Es muy fácil tener la idea de lo que se debería hacer; pero el ocultista trabaja de una manera profunda y no superficial.  Así pues, no sería justo querer establecer una relación entre esta condición puesta por los maestros y una regla de conducta exterior; con mayor razón, política, que nada tiene que ver con la disciplina espiritual.  En general los agitadores políticos saben muy bien lo que quieren exigir de otro; pero saben menos bien lo que se deben exigir a sí mismos.
   Con la segunda condición se relaciona, naturalmente, la tercera.  El discípulo debe llegar, a través de su esfuerzo, a ver que sus pensamientos y sus sentimientos tienen tanta importancia para el universo como sus acciones.  Le es preciso reconocer que resulta tan nefasto odiar a un semejante como golpearlo.  A través de esta conclusión llega naturalmente a comprender que, cuando trabaja en su perfeccionamiento interior, no trabaja únicamente para sí mismo, sino para el universo.
   Si mis sentimientos y pensamientos son puros, el mundo saca de ellos tanto provecho como si mi comportamiento es justo.  Mientras no tenga fe en la importancia que mi vida interior tiene para el universo, no valgo nada como ocultista.  Yo no ejerzo esta fe con la importancia del alma y de la vida interior más que trabajando en desarrollarla como si se tratase de una acción al menos tan real como las acciones exteriores.  Porque yo debo saber que cualquiera de mis sentimientos produce tanto efecto como un movimiento de mi mano.

   Esta certidumbre encierra ya en sí la cuarta condición:  adquirir la convicción de que la verdadera esencia del hombre no reside fuera, sino dentro de sí.  El que no se considere más que como un producto del mundo exterior, un resultado de una serie de elementos físicos, no podría sacar de esta noción ningún progreso en ocultismo.  Tener conciencia de ser un alma y un espíritu es la base de la disciplina.   Si se progresa en este sentimiento, se llega a ser capaz de distinguir entre la obligación interior y el éxito exterior.  Se comprende que no se pueda comparar inmediatamente el uno con el otro.  El investigador debe encontrar el justo medio entre lo que las circunstancias exteriores le prescriben y lo que él juzga bueno para su comportamiento.   Ciertamente no debe imponer a las personas de su entorno algo que éstas no puedan comprender, pero por otra parte, debe estar completamente desprendido del deseo de hacer únicamente lo que conviene a esas personas que le rodean.  La confirmación de que está en la verdad no puede alcanzarla más que a través de su alma, si, con valor y lealtad, ella lucha por el conocimiento.   Pero debe aprender de quienes le rodean todo cuanto le pueda resultar útil y provechoso.  De este modo, edificará en sí mismo lo que la ciencia oculta llama “la balanza espiritual”.  Sobre uno de los platillos de esta balanza se encuentra un “corazón ampliamente abierto” a las necesidades del mundo exterior; sobre el otro platillo, una “firmeza interior” y una “resistencia a toda prueba”.

   Estas condiciones anuncian ya la quinta condición:  la perseverancia en el cumplimiento de una decisión una vez tomada.  Nada debe hacer al discípulo renunciar a ella, salvo si constata con evidencia que se encuentra en el error.   Porque cada resolución es una fuerza, e inclusive si esta fuerza no produce un resultado inmediato allí donde se la esperaba, ella actúa, sin embargo, a su manera.  El éxito puede coronar una empresa nacida del deseo; pero las acciones nacidas del deseo y de la pasión no tienen ningún valor para el mundo superior.   En este mundo, no hay más que un elemento determinante para la acción, y es el amor.  En este amor todos los móviles que incitan al investigador a actuar deben tomar una forma viva.  Entonces nada le desanimará; continuará infatigablemente transmutando sus resoluciones en acciones, por numerosos que puedan ser sus fracasos.  De estos extraerá la lección de no esperar solamente resultados exteriores de sus actos, sino a encontrar una satisfacción en la acción misma.  Aprenderá de este modo a ofrecer al mundo en sacrificio todas sus acciones e inclusive su ser todo entero, cualquiera que sea la manera en que el mundo acoja este sacrificio.  Quien desee convertirse en un ocultista debe declararse dispuesto a llevar esta vida de abnegación.
 
   La sexta condición es desarrollar un sentimiento del reconocimiento de todo lo que ocurra a uno.  Hay que saber que la existencia que se ha recibido es un presente del universo entero.  ¡Cuántas condiciones son necesarias para que cada uno de nosotros reciba la vida y pueda conservarla! ¡Cuánto debemos a la naturaleza y a nuestros semejantes!.  Estos pensamientos deben hacerse naturales a los que quieran seguir la disciplina.  El que no las cultive no podrá alimentar en sí el amor universal que es necesario para acceder a un conocimiento superior.  Algo que yo no ame es incapaz de manifestárseme; y cada revelación debe penetrarme de gratitud, porque mediante ella resulto enriquecido.
   Todas las condiciones antedichas deben reunirse en la séptima: concebir cada vez más la vida en el sentido que estas condiciones exigen.  El discípulo se das a sí mismo, de este modo, la posibilidad de introducir la unidad en su existencia.  Los diversos modos de actividad se armonizan y no se contradicen ya.   Es así como se prepara para la calma que debe conquistar desde los primeros tramos del sendero.
   Si alguien tiene la voluntad firme y sincera de llenar estas condiciones, que emprenda su entrenamiento espiritual.  Está dispuesto a seguir los consejos que le den.  Puede que algunos de ellos le parezcan simples formalidades externas.  Quizá también no se esperaban formalidades tan rigurosas.  Pero todo acto de la vida interior debe expresarse mediante un acto externo y, de la misma manera que a un cuadro no le basta con existir en la cabeza del pintor, igualmente no existe disciplina oculta sin manifestaciones exteriores.  En realidad, sólo desprecian las formas exteriores las personas que ignoran que la vida interior debe llegar a expresarse hacia fuera.  Cierto que lo que importa es el espíritu y no su forma, pero del mismo modo que la forma sin el espíritu no es nada, asimismo el espíritu que no puede crear una forma a su imagen es estéril.
   Las condiciones impuestas al investigador tienen por objeto fortificarle con vistas igualmente a las exigencias ulteriores que la disciplina le debe imponer.  Si él no ha cumplido las primeras condiciones, abordará con aprehensión toda nueva obligación; no tendrá la necesaria confianza en los hombres.
   Ahora bien, es precisamente sobre la confianza y sobre un real amor por la humanidad sobre lo que se debe edificar toda búsqueda de la verdad.  Esta debe, verdaderamente, tener en su base el amor por los hombres, aunque ella no pueda ser engendrada por este amor, sino sólo por nuestra propia fuerza interior.  A continuación, el amor por el género humano debe extenderse progresivamente hasta el amor por todo ser, por toda manifestación de vida.  El que no cumpla con las condiciones enunciadas no podrá experimentar un amor total hacia todo cuanto crea, edifica, ni toda la correspondiente repulsión por lo que  destruye y aniquila.  Porque debe uno llegar a ser incapaz de destruir por destruir, y esto no sólo en acción, sino inclusive en palabras, en sentimientos o en pensamientos.
   Todo lo que es crecimiento, devenir, debe ser una alegría y no hay que comprometerse en un acto destructivo mas que cuando uno se sienta de este modo capaz de estimular así la eclosión de una vida nueva.  Con esto, no queremos decir que el discípulo tenga que asistir impasible al desencadenamiento del mal; por el contrario, él debe buscar hasta en el mal aquellos aspectos mediante los cuales se le pueda transformar en un bien.  Adquiere cada vez más la certidumbre de que la mejor manera de combatir el mal y las imperfecciones es realizar el bien y la perfección.  El sabe que nada puede surgir de la nada, sino que lo imperfecto puede ser transformado en perfecto.  El que desarrolla en sí la tendencia a la actividad creadora encuentra muy pronto también el medio de comportarse convenientemente frente al mal.
   El que se comprometa en el seguimiento de un entrenamiento oculto debe saber que tendrá por objetivo edificar y no demoler.  Debe, pues, aportar a dicho entrenamiento una voluntad de trabajo sincera y desinteresada, y no de crítica destructiva.  Debe ser capaz de devoción, porque cuando no se sabe todavía, hay que aprender y hay que mirar con respeto lo que se abre ante nosotros.
   Amor al trabajo y devoción:  tales son los sentimientos fundamentales que se le deben exigir al investigador.  Más de uno constata que no avanza, o al menos así se lo parece, a pesar del trabajo que se toma.  Esto resulta de que no ha comprendido el verdadero sentido del trabajo y de la devoción.  Un trabajador tendrá tanto menos éxito cuanto más se le emprenda solamente con vistas al éxito, y el estudio hará avanzar menos deprisa cuanto menos acompañado vaya de la devoción.  El único resorte del progreso es el amor al trabajo, no el amor al éxito.  Si el estudiante intenta tener pensamientos justos y juicios seguros, que no recorte su devoción mediante la duda o la desconfianza.
   Si se acoge la comunicación que se le hace a uno no repentinamente y sin meditarlo, por causa de una reacción personal, sino en un estado de ánimo tranquilo, respetuoso y confiado, no se trata en absoluto de una sumisión servil.  Los que han obtenido algunos resultados en el conocimiento saben que lo deben todo, no a un juicio personal que se obstina sobre su posición, sino a su decisión de escuchar con calma y de elaborar a continuación lo que se ha recibido.
   Se debe tener presente sin cesar en el espíritu que no se puede aprender nada de un hecho que se ha juzgado por adelantado.  Si únicamente se quiere juzgar, en principio no se puede aprender ya nada.  Es preciso tener la firme voluntad de convertirse en un “discípulo”.   Si no se puede comprender algo, más vale abstenerse de juzgar que hacer un juicio falso; la comprensión vendrá más tarde.
   A medida que se va ascendiendo por la escala de los grados del conocimiento, más se impone la necesidad de acoger las enseñanzas con calma y respeto.  Toda actividad cognoscente, toda vida, toda acción en el mundo espiritual es infinitamente sutil y delicada en estas regiones superiores, comparada con las operaciones del entendimiento ordinario y de la vida en el mundo físico.
   Cuanto más se amplía el campo de acción del individuo, más se cargan de sutileza las actividades que lleva entre manos.  Y esto ocurre porque los hombres llegan a “opiniones” y a “puntos de vista” tan diferentes en lo concerniente a los mundos superiores.  Sin embargo, en realidad no existe más que una opinión verdadera en lo que se refiere a las verdades supremas.  Se puede acceder a ella elevándose a través del trabajo y la devoción hasta el punto en que se contempla la verdad bajo su real aspecto.  Si uno se forma una opinión y mantiene que ésta es la única opinión verdadera, esto prueba que está insuficientemente preparado y que juzga todavía según sus preferencias, sus gustos, sus hábitos mentales.
   No hay más que una manera de comprender un teorema matemático y lo mismo ocurre con las verdades del mundo superior.  Pero antes que nada es preciso prepararse para poder llegar a tal “opinión”.  Si se reflexionase suficientemente sobre esto, las condiciones impuestas por el instructor no sorprenderían a nadie.
   Es perfectamente exacto que la verdad y la vida superior residen en cada ser humano, y que cada uno puede y debe encontrarlas por sí mismo.  Pero ellas se han retirado a una gran profundidad, y sólo después de haber apartado todos los obstáculos es cuando se las puede sacar de allí.  ¿Cómo conseguirlo?.  Sólo quien tiene la experiencia del ocultismo puede responder a esta pregunta.
   La ciencia espiritual da consejos en este sentido.  Ella no impone a nadie ninguna verdad ni promulga ningún dogma: indica un camino.  En el fondo, cualquiera podría encontrar por sí solo este camino, pero quizá después de un buen número de encarnaciones.  Se llega, sin embargo, a recorrer el camino, por medio del entrenamiento oculto.  Gracias a él, el hombre alcanza antes el momento de actuar en los mundos en que su trabajo espiritual puede contribuir a la salvación y el desarrollo de la humanidad.
   He aquí las primeras indicaciones que es preciso dar sobre la manera de adquirir la experiencia la los mundos superiores.  En el siguiente capítulo, esta exposición va a ir seguida de explicaciones sobre el cambio que se produce en el curso de esta evolución en los elementos superiores de la naturaleza humana, es decir, en el organismo psíquico (cuerpo astral) y en el espíritu o cuerpo de pensamiento.  Así, las comunicaciones precedentes serán iluminadas por una nueva luz y se podrá penetrar más profundamente su sentido.
 

martes, 28 de diciembre de 2010

La iniciación - ALGUNAS IDEAS PRÁTICAS-II






   Desde que monto en cólera o me irrito, levanto una barrera que me aísla en el mundo físico, y las fuerzas que deben edificar mis órganos espirituales no pueden ya llegar hasta mí.
   Por ejemplo, alguna persona me causa irritación.  Mientras que estoy encolerizado, me es imposible percibir la corriente que su alma emite en el mundo físico.  Hasta tal punto no le percibo, que soy todavía capaz de enfadarme.  Mi irritación me la oculta.  Pero tampoco hay que creer que basta con que no me irrite para percibir enseguida un fenómeno psíquico.   Será necesario todavía que en mí se abra el ojo del alma.  Ahora bien, en todos los seres humanos existen los rudimentos de este ojo.  Pero permanece, sin embargo, inerte durante todo el tiempo en que el hombre tiene todavía capacidad de irritación.  Por otra parte, no basta para activarlo con haber combatido un poco el sentimiento de la cólera.  Es preciso continuar la lucha sin desmayo y proseguirla con paciencia.  Y un día, repentinamente, se advertirá que el ojo interior se acaba de abrir.
   A decir verdad, para llegar a esta meta, no basta únicamente con combatir la irritación.  Muchos se abandonan a la impaciencia y a la duda porque, durante años, han combatido ciertas disposiciones del carácter y, sin embargo, no han adquirido la clarividencia.  Efectivamente, han perfeccionado ciertos aspectos de su naturaleza, pero muchos más han dejado proliferar otros.  El don de la clarividencia no aparecerá antes de que se haya dominado todo lo que representaba un obstáculo para el despertar de las facultades que permanecían aletargadas.  Seguramente, la clarividencia y la clariaudiencia comienzan a despuntar antes, pero se trata de brotes infinitamente delicados, fácilmente sometidos a todos los errores, o bien que se marchitan muy deprisa si se les priva de los cuidados necesarios.
   Entre las disposiciones adversas que hay que combatir tanto como la cólera y la irritación, citemos la tendencia al miedo, la superstición y los prejuicios, la vanidad y la ambición, la curiosidad y las confidencias desconsideradas, las barreras que se establecen entre los seres según su rango, su raza o su origen.  En nuestra época, apenas se puede comprender que combatir estos defectos tenga nada que ver con la purificación y pudiéramos decir, puesta a punto de las facultades de conocimiento.  Pero todo ocultista sabe bien que este dominio tiene mucha más influencia sobre la evolución espiritual que las conquistas de la inteligencia y la práctica de ejercicios artificiales.
   Sería fácil engañarse y llegar a creer que, para combatir el temor, es necesario convertirse en un ser locamente audaz, y que para vencer los prejuicios de raza o de clase no se debe hacer ninguna distinción entre los hombres.  Se trata más bien de tener un juicio recto, lo que no es posible mientras se obedece a las prevenciones.  Ya la simple reflexión nos muestra que, por ejemplo, el miedo a un fenómeno impide juzgarlo con claridad; de la misma manera, un prejuicio racista impide penetrar en el alma de un hombre.  Esta simple reflexión debe ser meditada por el discípulo con finura y penetración.
   Otro obstáculo para el entrenamiento en el ocultismo consiste en hablar sin haber aclarado previamente, mediante la reflexión, lo que se quiere decir, y aquí es preciso considerar un punto que sólo un ejemplo puede iluminar bien.
   Si alguien me dice una cosa a la cual yo debo replicar, es preciso que me esfuerce en tener en cuenta su opinión, sus sentimientos, incluso sus prejuicios, antes que el argumento que me viene al espíritu.  Hay en esto un refinamiento del tacto al que el discípulo debe consagrar sus más atentos cuidados.  Debe aprender a discernir la importancia que tendrá para su interlocutor la respuesta que él le va a dar.  No se trata de renunciar a lo que uno mismo piensa; no es ésta la cuestión en este momento; pero es preciso escuchar tan atenta y exactamente como sea posible lo que dice el otro y no dar forma a la propia réplica hasta después de haberle escuchado bien.  En semejante caso, un pensamiento se viene siempre al espíritu del discípulo, y si dicho pensamiento se convierte  en un rasgo de carácter, sabe que está sobre el buen camino.  El pensamiento a que me refiero es el siguiente: “Lo importante no es que yo tenga una opinión distinta a la de este hombre, sino que él encuentra por sí mismo la verdad, gracias a lo que yo le puedo aportar.”  A través de pensamientos semejantes, el carácter y la manera de actuar del discípulo adquieren una cierta dulzura, que es uno de los resortes esenciales de la disciplina oculta.  Por el contrario, la dureza aparta de uno las formaciones astrales que deben despertar la mirada del alma.  La dulzura benevolente disipa los obstáculos y abre los órganos espirituales.
   Con la dulzura se afianza muy pronto otro rasgo del carácter: la atención simpática y tranquila, dirigida sobre todos los matices de la vida interior de los seres que nos rodean, gracias al silencio perfecto de nuestros propios movimientos interiores.  Si un hombre llega a este resultado, entonces lo que anima las almas que le rodean actúa sobre él de tal suerte que interiormente crece y se estructura, como la planta bajo la luz del sol.  Dulzura y silencio, acompañados de verdadera paciencia, hacen que el alma acceda al mundo de las almas, y el espíritu al mundo de los espíritus.
   “Espera en calma y el recogimiento, cierra tus sentidos a las impresiones que han recibido antes de que emprendieras tu educación interior. Haz callar entre tus pensamientos aquellos que habitualmente ocupaban tu alma.  Haz que el silencio more en ti, y después espera pacientemente.  La acción de los mundos superiores comenzará entonces a hacerse sentir, a edificar la mirada de tu alma y el oído de tu espíritu.  No esperes ver ni oír enseguida en los mundos del alma y del espíritu.  Porque lo que tu haces contribuye sólo a desarrollar tus sentidos superiores.  Pero tú no serás capaz de ver con el alma y oír con el espíritu más que cuando poseas este sentido.  Si has permanecido así, durante unos instantes, en un estado de espera tranquila y recogida, puedes irte a cumplir con tus obligaciones corrientes, una vez profundamente penetrado del siguiente pensamiento: “Un día me ocurrirá lo que me deba ocurrir cuando esté maduro para recibirlo”.  Porhíbete severamente toda tentativa de atraer hacia ti las potencias superiores por medio de tu voluntad arbitraria.
   Tales son las indicaciones que todo estudiante de ocultismo recibe de su instructor a la entrada del sendero.  Si las tiene en cuenta, se perfecciona; si no las observa, trabaja inútilmente.  Ellas son difíciles más que para quien carece de paciencia y perseverancia.  No existen en absoluto otros obstáculos que los que cada uno se crea a sí mismo y que, si verdaderamente se quiere y se intenta, se pueden evitar.  Es necesario recordar sin cesar estas verdades, porque muchas personas se hacen una falsa idea de las dificultades que encuentra el discípulo.  En cierto sentido, es más fácil franquear las primeras etapas de este sendero que acabar con las dificultades de la vida diaria si no se ha seguido este entrenamiento.
   Además, no debemos hacer conocer aquí más que lo que es incapaz de hacer correr el menor peligro al equilibrio corporal y psíquico.  Ciertamente, existen procedimientos más rápidos para llegar a la meta, pero el camino que nosotros indicamos no tiene nada en común con ellos, porque pueden tener ciertos efectos sobre el hombre que ningún ocultista experimentado puede desear.  Como determinados aspectos de este procedimiento son entregados continuamente al público, tenemos el deber de poner expresamente en guardia a aquellos que quisieran practicarlos.
   Por motivos que solamente un iniciado puede comprender, los procedimientos de esta especie no deberían ser comunicados públicamente bajo su forma verdadera, y en cuanto a los fragmentos que se revelan aquí y allá, no pueden tener ningún buen resultado; muy por el contrario, arruinan la salud, la felicidad y la paz interior.  El que no quiere entregarse enteramente a potencias tenebrosas cuyo origen ni cuya verdadera esencia se pueden apreciar, debe evitar cuidadosamente dejarse prender por estos métodos.
   Todavía podemos dar algunas indicaciones sobre el medio en que deben ser emprendidos los ejercicios de ocultismo.  Porque es el caso que el medio ejerce una cierta influencia.  Sin embargo, las condiciones varían para cada individuo.  El que las practica en un medio que no esté lleno más que de intereses egoístas, por poner un ejemplo de las formas modernas de la lucha por la existencia, debe saber que esta atmósfera no deja de tener influencia sobre el desarrollo de sus órganos espirituales.  A decir verdad, las leyes interiores que gobiernan estos órganos son bastante fuertes para resistir en parte la mala influencia del medio.  El terreno más desfavorable no podría hacer que una semilla de flor de lis provocara el nacimiento de un cardo; del mismo modo, las ásperas luchas de intereses de nuestras modernas ciudades no podrían conseguir que un órgano espiritual se convierta en otra cosa que lo que debe ser.  Pero, en todo caso, es algo excelente para el investigador rodearse de vez en cuando de la paz silenciosa, de la grave majestad y del encanto que encuentra en la naturaleza.  Es particularmente favorable para el estudiante proseguir su desarrollo rodeado de una vegetación plena de verdor o en una comarca montañosa soleada, llena del encanto de una vida sencilla.  Un medio semejante imprime en los órganos espirituales un crecimiento armonioso que es imposible realizar en nuestras modernas ciudades.  El que, por lo menos en su infancia, ha respirado el aire de los abetos, contemplando las cumbres nevadas, observando la actividad silenciosa de los insectos y de los animales en el bosque, está ya mejor situado que el hombre de la ciudad.  Pero aquél cuyo destino es vivir en una ciudad no debe descuidar alimentar los órganos de su alma y de su espíritu mediante la lectura de páginas inspiradas de los grandes maestros de la sabiduría.
   Si tus ojos no pueden seguir día a día la eclosión de la primavera en los jóvenes retoños del bosque, puedes encontrar una compensación alimentando tu corazón con los sublimes pensamientos del Bhagavad Gita, del Evangelio según San Juan, de Tomás de Kempis * y de las descripciones de la ciencia espiritual.  Hay muchos caminos para alcanzar las cimas de la clarividencia, pero es preciso elegir entre ellos con discernimiento.
   El iniciado tendrá que describir muchos aspectos del camino que pareciesen singulares a los no iniciados.  Puede ocurrir, por ejemplo, que alguien haya avanzado mucho por el sendero; que toque, por así decirlo, el momento en que se van a abrir el ojo del alma y el oído del espíritu.  Ahora bien, cabe la posibilidad de hacer entonces un viaje por un mar en calma o, a veces, por el contrario, por un mar agitado por la tempestad, y una venda cae de sus ojos.  Bruscamente, se despierta a la visión.  Otro ha llegado igualmente a un punto en que esta venda está a punto de caer, lo que produce mediante un repentino golpe de fortuna. Sobre otro hombre, este golpe repentino hubiese podido producir el efecto de paralizar su fuerza, adormecer su energía.  Para el discípulo, marca el punto de partida de la iluminación.  Un tercero espera, desde hace mucho tiempo, con paciencia; he aquí que hace años que espera, sin percibir los frutos de su trabajo; un día, está apaciblemente sentado en su habitación silenciosa, y de repente, se ve envuelto en una luz espiritual; las paredes desaparecen, se vuelven transparentes para la mirada del alma,  y un nuevo universo se abre ante su mirada, en adelante es clarividente, y resuena en su oído, en adelante abierto al Espíritu.


*- La imitación de Cristo

La iniciación - ALGUNAS IDEAS PRÁCTICAS




 

 Cuando un hombre trabaja en perfeccionar sus sentimientos, sus pensamientos, sus disposiciones interiores según los métodos descritos en los capítulos que hemos dedicado a la preparación, la iluminación y la iniciación, dota a su alma y a su espíritu de una estructura semejante a aquélla de que la naturaleza ha dotado a su cuerpo físico.  Antes de que tenga lugar esta formación, el alma y el espíritu son masas no estructuradas.  El clarividente las percibe bajo el aspecto de unos torbellinos nebulosos, de espirales que se entremezclan, dando la impresión de colores apagados que tiran a menudo hacia el rojo, el marrón rojizo o, a veces, el rojo amarillento.  Una vez organizadas, estas masas comienzan a tomar un resplandor espiritual, matizado de verde-amarillo o de azul-verde, al mismo tiempo que presentan una estructura regular.  El hombre accede a esta regularidad de estructura y, a través de ella, a los conocimientos superiores, ordenando sus sentimientos, sus pensamientos, sus disposiciones psíquicas, como la naturaleza ordena en él las funciones corporales para permitirle ver, oír, digerir, respirar, etc.  Poco a poco, aprende a respirar y a ver por el alma, a oír y a hablar por el espíritu.

   Citemos todavía aquí algunos aspectos prácticos más precisos de esta educación del alma y del espíritu.  Son éstas, en el fondo, reglas que cada uno puede observar inclusive si no sigue las otras y que hacen avanzar en la ciencia del espíritu.

   Particularmente, es preciso esforzarse en cultivar la paciencia.  Cada movimiento de impaciencia paraliza y puede inclusive destruir las facultades superiores que duermen latentes en el hombre.  No se debe esperar que de un día para otro se abran vastos horizontes sobre el mundo espiritual, porque así no se consigue nada en absoluto.  Hay que saber estar contento del menor progreso, permanecer tranquilo y sereno hasta el fondo del alma.  Es comprensible que el estudiante espere con impaciencia obtener resultados; sin embargo, nada se producirá hasta tanto no haya dominado esta impaciencia.  De nada sirve combatirla, en el sentido ordinario de la palabra; por el contrario, eso no hace más que acrecentarla.  De este modo no se conseguiría más que ilusionarse hasta el punto de creerla desaparecida cuando en realidad no sería sino más fuerte en el fondo del alma.  Para tener éxito, es preciso sumergirse continuamente en un pensamiento bien definido, haciéndolo totalmente suyo.  Este pensamiento es el siguiente: “Ciertamente, yo debo hacer todo lo necesario para desarrollar mi alma y mi espíritu; pero esperaré con serenidad que las potencias superiores me juzguen digno de la iluminación que me corresponda”.  Si este pensamiento se enraíza en el hombre con la suficiente profundidad como para convertirse en un rasgo de su carácter, está en el buen camino.  Esta disposición se refleja inclusive en su aspecto exterior: la mirada se vuelve tranquila; los movimientos seguros; las decisiones precisas; y todo eso que se llama nerviosismo va desapareciendo poco a poco.  Así las pequeñas reglas de conducta que aparentemente son insignificantes pueden ejercer una acción considerable.  Por ejemplo, alguien nos causa una ofensa; antes de nuestro ingreso en el camino, nos habríamos levantado contra el ofensor y la cólera habría invadido nuestra alma.  Un discípulo, por el contrario, en situación semejante, se siente dominado por un solo pensamiento: “Esta ofensa no me quita nada de mi valor personal”.  Y toma las medidas necesarias para afrontar la situación con calma, serenidad, sin irritación.  Naturalmente, no se trata de dejarse ofender sin protestar, sino simplemente de comportarse con tanta calma y sangre fría en el caso de una ofensa que nos alcanza personalmente como si ella hubiese sido dirigida contra otra persona en circunstancias tales que nosotros hubiésemos tenido derecho a reprobarla.  Nótese una vez más que el progreso oculto no se manifiesta mediante un cambio llamativo de nuestro comportamiento, sino a través de una transformación sutil y silenciosa de nuestros sentimientos y de nuestros pensamientos.

   La paciencia ejerce un verdadero atractivo sobre los tesoros del saber oculto, mientras que la impaciencia los rechaza.  Con fiebre y agitación, no se puede adquirir nada en los dominios superiores de la existencia.  Ante todo es preciso imponer silencio al deseo y a la avidez, actitudes del alma que espantan todo conocimiento superior.  Por precioso que sea el conocimiento oculto no hay que desearlo; debe ser él el que venga a nosotros.  Quien lo desea para hacer de él un bien propio no lo obtiene jamás.

   A este objeto, es preciso ante todo ser sincero con uno mismo, no permitirse hacerse ilusiones respecto a las propias cualidades.  Se debe saber mirar de frente, con franqueza, las faltas de uno, sus debilidades, sus incapacidades.  Desde el instante en que tú buscas una excusa para tus debilidades, levantas un obstáculo en el camino de tu progreso espiritual.  De hecho, no se pueden evitar estos obstáculos sino mediante una mirada franca sobre uno mismo.  No hay más que un medio de despojarse de los defectos y las debilidades, y este medio es mirarlos cara a cara.  En el hombre duermen todas las posibilidades y se las puede despertar.  El entendimiento y la razón son susceptibles de ser mejorados si se les estudia con sangre fría y con la calma necesaria para darse cuenta exacta de sus imperfecciones.  Este conocimiento de sí mismo es naturalmente difícil porque la tentación de ilusionarse por cuenta propia no tiene límites.  Pero el que se acostumbra a ser franco consigo mismo se abre las puestas de la percepción superior.

   Todo tipo de vana curiosidad debe asimismo desaparecer en el investigador.  Hasta donde sea posible, debe perder la costumbre de plantear preguntas por el solo deseo de apaciguar un deseo personal de conocimiento.  No debe informarse más que de lo que puede perfeccionar su ser al servicio de la evolución.  Esto no debe frenar por supuesto la alegría, el entusiasmo por el conocimiento.  Todo cuanto sirva a este fin debe ser para él una exhortación que no sólo escucha con devoción, sino que debe buscar.

   La formación oculta exige particularmente una educación del deseo.  No se trata de procurar no desear ya nada, porque es natural que aspiremos a lo que debemos alcanzar, y un deseo se realiza tanto mejor cuanto más fuerza se pone en él; pero esta fuerza debe provenir del verdadero conocimiento.

   “No ambicionar nada en un dominio antes de haber aprendido a conocer lo que es justo en él”, tal es la regla de oro que debe seguir el discípulo.

   El sabio aprende antes que nada cuáles son las leyes del universo; a continuación, sus deseos se transforman en fuerzas de realización.  He aquí un ejemplo que lo prueba: Muchos hombres desean saber lo que ha podido ser su vida antes de su nacimiento.  Un tal deseo no tiene objeto ni sentido mientras no se haya asimilado, mediante el estudio de la ciencia espiritual, el conocimiento de las leyes, así como la naturaleza de las cosas eternas, y esto bajo su forma más sutil.  Cuando se ha adquirido realmente este conocimiento y a continuación se quiere ir más lejos, entonces os colma un deseo ennoblecido y purificado.

   Tampoco sirve de nada decir: “Pero yo quiero a toda costa conocer mi vida anterior, y es justamente con esta intención con la que trabajo para instruirme”.  Más vale ser capaz de apartar de sí este deseo personal, eliminarlo totalmente y trabajar desde el principio con esta intención.  Es preciso alimentar la alegría  y el don de sí mediante el estudio, sin esta intención de índole personal.  Solamente así se aprende al mismo tiempo a desarrollar el género de deseo que entrañará una realización.


 

 

domingo, 12 de diciembre de 2010

La iniciación - LA INICIACIÓN




  
 La iniciación es el grado supremo de una disciplina oculta sobre la cuál se pueden dar, en un libro, indicaciones que todavía pueden ser accesibles a todos.  Lo que se podría decir sobre los grados que están más allá de la iniciación apenas sería comprensible.  Pero se puede encontrar el camino, si a través de la preparación, la iluminación y la iniciación, se ha penetrado hasta los misterios menores.
   Sin la iniciación, el hombre no podría adquirir el saber y el savoir-faire que ella confiere, más que un futuro muy lejano y después de numerosas encarnaciones, por un camino y bajo una forma completamente diferente.  La persona que es iniciada hoy experimenta al presente lo que no habría sido llamada a conocer sino mucho más tarde y en unas circunstancias muy distintas.
   Cada persona solamente puede descubrir, sobre los misterios de la existencia, aquello que corresponde a su grado de madurez.  Es por esta sola razón por la que va encontrando obstáculos a medida que avanza hacia los grados superiores del saber y de savoir-faire.   Nadie pondría un arma de fuego entre las manos de un individuo antes de que el tal individuo tuviese la experiencia suficiente como para poder servirse de ella sin causar una desgracia.
   Si en estos momentos alguien fuera iniciado de buenas a primeras, le faltaría la experiencia que todavía tiene que adquirir en el transcurso de sus futuras encarnaciones, hasta el momento en que le sean desvelados los misterios correspondientes a su evolución normal.  Es por esto por lo que, en el umbral de la iniciación, es preciso que, mientras se espera tener esta experiencia, tenga lugar una cosa de otro tipo.
   Las primeras instrucciones que recibe el candidato a la iniciación están pues destinadas a compensar provisionalmente la experiencia por venir.  Estas son las llamadas “pruebas probatorias”, por las cuales es preciso pasar.  Ellas constituyen el resultado normal del trabajo interior si los ejercicios han seguido correctamente el camino descrito en los capítulos precedentes.
   Ciertamente, con frecuencia se encuentran libros que aluden a “pruebas”. Pero ellos solamente pueden evocar una falsa imagen de la realidad.  Porque el que no haya pasado por la preparación y la iluminación, ni haya tenido jamás la experiencia de estas pruebas, está absolutamente incapacitado para ofrecer una información verídica de ella.
   Ante el alma del candidato se presenta un cierto número de cosas y de fenómenos provenientes de los mundos superiores; pero, naturalmente, él no puede verlas ni entenderlas más que si es capaz de comprender las figuras, los colores, los sonidos, etc., de los que hemos hablado al tratar de la preparación y de la iluminación.
   La primera “prueba” consiste en adquirir, respecto a las propiedades materiales de los cuerpos inanimados, después de las plantas, a continuación de los animales y finalmente del hombre, puntos de vista más exactos que los habituales.  Y aclaramos que entendemos por “puntos de vista habituales” lo que hoy día se llama conocimiento científico.  No se trata de ciencia, sino de visión.
   Lo que se produce generalmente es que el candidato a la iniciación aprende a reconocer de qué manera las cosas de la naturaleza y de los seres vivos se manifiestan a los ojos y a los oídos espirituales, de suerte que, en una cierta medida, estos fenómenos se le presentan al observador como desvelados y desnudos.  Lo que él ve y entiende escapa a los ojos y los oídos físicos.  Para la visión sensorial, se muestran recubiertos de un velo.  Este velo cae, sin embargo, delante del candidato, según un proceso que se puede considerar como un fenómeno espiritual de consunción.  Esta es la razón por la que a esta primera prueba se le denomina “prueba de fuego”.
   Para muchos hombres, la vida ordinaria constituye ya por sí misma, de manera más o menos consciente, una prueba de iniciación por el fuego.  Estos hombres llevan a cabo experiencias enriquecedoras, gracias a las cuales ellos ven crecer, de una manera sana y normal, la confianza en sí mismos, su valor, su decisión y su firmeza; por consiguiente, llegan a ser capaces de soportar el dolor, las decepciones y los fracasos de sus empresas con una entereza, una grandeza de alma, una fuerza y una calma inconmovibles.  Quien ha pasado por tales experiencias es a menudo ya, sin que él mismo lo sepa, un iniciado.  Cualquier cosa basta para abrir sus ojos y sus oídos espirituales y hacer de él un clarividente.  Porque hay que hacerlo notar bien: una verdadera “prueba de fuego” no tiene por objetivo satisfacer la curiosidad del candidato.  Cierto que él descubre hechos infrecuentes de los que de ordinario no se tiene la menor idea.  Pero este descubrimiento no es el objetivo de las pruebas, no constituye la meta del candidato; este descubrimiento no es más que el medio necesario para alcanzar ese objetivo, esa meta, que no es otra que adquirir, mediante este conocimiento de los mundos superiores, una confianza en sí más profunda y mejor fundada, un valor más firme, una grandeza de alma y una perseverancia completamente distintas a las que generalmente se adquieren sobre la tierra.
   Después de la “prueba de fuego” todavía es posible para todo candidato volver atrás.  Continuará su existencia, fortificado en su cuerpo y en su alma, y no reemprenderá su camino iniciático hasta la próxima encarnación.  En la actual encarnación será un miembro más útil para la comunidad humana que lo era antes de haber pasado la prueba.  En cualquier situación que se encuentre, su firmeza, su claridad de juicio y raciocinio y su beneficiosa influencia sobre sus semejantes, tanto como su espíritu de decisión, habrán hecho notables progresos.
   Si el candidato que ha sufrido la prueba de fuego quiere continuar avanzando en su entrenamiento, es preciso que le sea revelado el “sistema de escritura particular” que se utiliza en la disciplina ocultista.  Las verdaderas enseñanzas ocultas están redactadas en esta escritura, porque lo que constituye el carácter escondido (oculto) de las cosas no puede expresarse, por definición, ni mediante las palabras del lenguaje corriente ni mediante los signos de la escritura ordinaria.  Aquellos que han recibido la enseñanza de los iniciados traducen de la mejor manera posible, en lenguaje común, las lecciones de la sabiduría.  La escritura oculta se revela al alma que adquiere la percepción espiritual; sus caracteres están siempre más grabados en el mundo del espíritu.  No se aprenden como los de una escritura artificial.  En el alma donde crece el conocimiento clarividente, objetivo, se desarrolla una facultad, una fuerza que la impulsa a descifrar los fenómenos y los seres espirituales como los caracteres de una escritura.
   Podría ocurrir que esta fuerza, con la “prueba” que ella comporta, se despertase de manera enteramente natural en el curso del desenvolvimiento interior.  Se accede sin embargo con más seguridad a la meta siguiendo las indicaciones de los ocultistas versados en la lectura de estos caracteres.
   Los signos de la escritura escondida no están compuestos arbitrariamente, sino conforme a las fuerzas que actúan en el universo.  A su través se aprende el lenguaje de las cosas.  El candidato constata muy pronto que los signos que va descubriendo corresponden a la figuras, los colores, los sonidos, etc., que ha aprendido a percibir en el curso de la preparación y de la iluminación.  Se da cuenta de que todavía no ha hecho más que deletrear el alfabeto.  Solamente ahora, va a comenzar a leer en los mundos superiores.  Como un majestuoso conjunto, se descubre lo que antes no aparecía sino a través de fenómenos aislados.  Solamente ahora son verdaderamente auténticas sus observaciones espirituales.  Antes, no podía nunca tener la completa certeza de que las cosas que creía haber visto las habría visto realmente.  Sólo ahora puede existir un acuerdo seguro entre el candidato y el iniciado en los dominios de la ciencia superior.  Porque, cualesquiera que sean las relaciones de un iniciado y otro hombre en la vida ordinaria, el iniciado no podrá comunicar su ciencia bajo una forma inmediata más que mediante el lenguaje de los signos.  A través de esta lengua, el discípulo se familiariza igualmente con un cierto número de reglas de conducta.  Toma conciencia de ciertos deberes de los que con anterioridad no tenía la menor idea.  Y cuando sabe poner en práctica estas reglas de conducta, puede llevar a cabo acciones cargadas de un sentido que en ningún caso pueden tener las de un hombre que no haya sido iniciado.  Su conducta se inspira en los mundos superiores.  Estas inspiraciones no pueden ser captadas más que en esta lengua de que hablamos.
   Hay que dejar bien sentado, sin embargo que determinados seres pueden llevar a cabo inconscientemente acciones inspiradas, aunque no se hayan entrenado nunca en el ocultismo.   Estos auxiliares de la humanidad y del universo atraviesan la vida repartiendo favores y bendiciones.  Por razones que no podemos explicar aquí, ellos han recibido unos dones que parecen naturales.  La única cosa que les distingue del investigador es que este último actúa a conciencia y con discernimiento respecto a lo que quiere realizar con relación al conjunto; él conquista, mediante la disciplina, lo que las potencias superiores entregan a los demás para el bien del mundo.  Estos hombres de Dios merecen veneración, pero no por eso hay que considerar el entrenamiento como algo superfluo.
   Cuando el discípulo ha aprendido la lengua de los signos, se va a encontrar frente a otra “prueba”; una prueba que debe revelar si está en disposición de evolucionar en los mundos superiores con libertad y seguridad.  En la vida ordinaria, los impulsos que llevan al hombre a actuar le llegan de fuera.  El cumple tal o cual tarea, porque las circunstancias se la imponen como un deber.  Y en este punto, se nos hace necesario hacer notar que el estudiante no debe abandonar ninguno de sus deberes cotidianos so pretexto de que participa en una vía superior.  Ningún deber, absolutamente ninguno, asumido con respecto al mundo espiritual puede forzar a nadie a descuidar una sola de sus obligaciones prácticas.  El padre de familia debe permanecer siendo tan buen padre de familia como antes y la madre, tan buena madre.  Ni el funcionario, ni el soldado ni ningún ciudadano de ninguna clase deben volver la espalda a sus deberes por causa de la práctica del ocultismo.  Por el contrario, todas las cualidades que confieren valor a una persona en la vida ordinaria deben aumentar en el estudiante en una medida de la que el profano no podría hacerse ni una remota idea.  Y si los no iniciados tienen a veces otra impresión, cosa poco frecuente e incluso rara, ello es consecuencia de que no están en absoluto capacitados para emitir un juicio sobre un iniciado; lo que trae como consecuencia que las actitudes de éste resulten a veces inexplicables para ellos.
   Para quien haya alcanzado el grado anteriormente citado de la iniciación, existen unos deberes que ya no están determinados por ningún móvil exterior.  No son las circunstancias de fuera las que le guían en este dominio, sino una serie de reglas de conducta que le han sido reveladas por el lenguaje “escondido”.  Mediante la segunda “prueba”, debe demostrar ahora que estas reglas le dirigen con tanta seguridad y firmeza como un funcionario sometido a su reglamento es dirigido por éste.  Para que esto sea así, el candidato debe, sentirse situado, en un determinado momento de su entrenamiento, frente a una cierta tarea.  Debe cumplir una actividad inspirándose en lo que ha percibido durante los períodos de preparación y de iluminación.  Y esta misma actividad debe descifrarla en el lenguaje de los signos.  Si sabe reconocer su deber y actuar en consecuencia, es señal de que ha superado victoriosamente la prueba.  El éxito se reconoce en el cambio provocado por la acción en las figuras, los colores y los sonidos que perciben los oídos y los ojos espirituales.  A medida que se progresa en el entrenamiento oculto, se ve perfectamente cómo estas figuras, colores y sonidos producen otra impresión según la acción cumplida.   Y el candidato debe saber ocasionar este cambio.
   A esta prueba se le llama “prueba del agua”, porque se pierde el terreno firme que procuran las condiciones exteriores, del mismo modo que a aquel que nada en un lugar de aguas muy profundas le falta todo tipo de apoyo.  La prueba debe ser renovada hasta que el candidato haya conquistado una perfecta seguridad.
   Mediante esta prueba, también se trata de adquirir una cualidad nueva y, a través de estas experiencias en los mundos superiores, se puede llevar en poco tiempo esta cualidad hasta un grado que normalmente no se habría podido alcanzar sino después de numerosas encarnaciones.
   El punto esencial es el siguiente: para obtener la transformación requerida en esta región superior de la existencia, el candidato no debe seguir ninguna otra indicación que su percepción espiritual y lo que haya descifrado mediante el lenguaje secreto.   Si, en el curso de la acción que debe cumplir, sus deseos, sus opiniones, etc., ejercitan sobre él la menor presión y olvida un solo momento conformarse a las leyes que personalmente ha reconocido como verdaderas, entonces ocurrirá una cosa completamente distinta a la que debe ocurrir.   El candidato dejará muy pronto de orientarse hacia el fin de su acción y la confusión le extraviará.  Mediante esta prueba, al hombre se le presenta también una ocasión excepcional para desarrollar el dominio de sí.  Y en este punto hay que llamar la atención otra vez: esta prueba será superada con mayor facilidad por aquellos que, antes de la iniciación, hayan llevado una existencia capaz de brindarles el dominio de sí mismos.  El que haya conquistado el poder de poner de lado sus caprichos y sus voluntades personales para servir un ideal y unos principios elevados; el que sepa siempre cumplir con su deber, inclusive cuando este cumplimiento vaya en contra de sus inclinaciones naturales y sus simpatías, éste es ya, inconscientemente, en la vida ordinaria, un iniciado.  Y ya le falta muy poco para poder triunfar en la prueba descrita.
   Digamos inclusive que es indispensable haber adquirido ya inconscientemente en la existencia un cierto grado de iniciación para afrontar con éxito la segunda prueba.
   En efecto, las personas que no han aprendido desde su juventud a escribir correctamente  experimentan grandes dificultades para hacerlo en la edad madura.  Del mismo modo, será difícil, en presencia de los mundos superiores, alcanzar el grado necesario de dominio de sí, si no se posee un cierto grado de él en la existencia cotidiana.  Las cosas del mundo físico permanecen siendo lo que son cualesquiera que sean nuestros deseos, pasiones y tendencias modifican el entorno; si nosotros queremos pues obtener en nuestros dominios un resultado cierto, es preciso que tengamos un completo dominio de nosotros mismos y sigamos únicamente la regla de conducta perfecta, sin ceder jamás a la arbitrariedad.

   Una cualidad esencial en este estadio de la iniciación es, sin discusión, un juicio seguro y sano.  Hay que tener buen cuidado de desarrollarlo desde los primeros grados, porque en estos momentos el candidato debe demostrar que lo posee en la medida suficiente como para penetrar en la verdadera senda del conocimiento.  Es imposible que progrese si no tiene el discernimiento que le permita distinguir la verdad de todo cuanto es ilusión, fantasmagoría, superchería, superstición o espejismo.  En los grados superiores de la existencia, este discernimiento es mucho más difícil que en el mundo físico.  Todo prejuicio, toda opinión obstinada debe desaparecer ante la importancia de lo que se aborda; la verdad única debe servir de brújula.  Se debe estar completamente preparado para abandonar un pensamiento, una opinión, una visión personal si el pensamiento lógico lo reclama, porque no se pueden adquirir certezas en el mundo superior más que si se renuncia para siempre a halagar la propia opinión.
   Los hombres inclinados a las fantasías, las ensoñaciones, las supersticiones no pueden hacer ningún progreso en el sendero.  El investigador debe adquirir un bien precioso: el de librarse de toda duda respecto a los mundos superiores.  Estos se van a revelar a su mirada en su esencia y según sus leyes.  Pero ello no ocurrirá mientras la persona en cuestión se deje prender por espejismos e ilusiones.  Sería peligroso para ella que su imaginación o sus prejuicios ofuscasen su razón.  Los fantasiosos y los soñadores no tienen condiciones para el ocultismo, como tampoco las tienen los supersticiosos.  Nunca se repetirá esto bastante.  La ensoñación, la imaginación desbocada, la superstición son los peores enemigos que acechan al discípulo en su tránsito por el sendero del conocimiento espiritual.  No se figuren ustedes, sin embargo, que la poesía de la vida, el don de entusiasmo se les va a escapar por haber leído sobre el umbral de la puerta que lleva a la segunda prueba estas palabras.  “Abandona todo prejuicio”, y sobre la puerta que conduce a la primera, estas otras: “sin buen sentido a toda prueba, todos los pasos son vanos”.
   Si el candidato ha progresado suficientemente en este sentido, le espera la tercera prueba.  Aquí, él no percibe ya ningún objetivo exterior.  Todo está en sus manos.  Se encuentra en una situación donde nada le impulsa a actuar.  Está completamente solo para encontrar su camino y no hay en torno suyo ningún ser ni ninguna cosa que le pueda influenciar.  Nada ni nadie podrán darle fuerza dentro de sí, pronto se encontrará en el mismo lugar en que se encontraba antes.  Pero es preciso decir que, entre los que han salido airosos de las pruebas anteriores, hay pocos que no sean capaces de encontrar esta fuerza.  O bien se ha quedado uno en el camino en una de las etapas precedentes, o bien se triunfa también ahora.  Lo esencial consiste en ver con claridad sobre el terreno, porque aquí es preciso encontrar su Yo superior en el verdadero sentido de la palabra.  Hace falta decidirse rápidamente a seguir en todo la indicación del espíritu.  Ya no hay tiempo para deliberar o para plantearse dudas.  El más breve momento de vacilación demostraría que todavía no se está maduro.  Todo lo que impida prestar oídos a los consejos del espíritu debe ser esforzadamente superado.  La cualidad de la que es absolutamente necesario dar testimonio en esta situación es la presencia de ánimo, que es precisamente también la cualidad que, en esta fase de la evolución, se trata de llevar a la perfección.  Todo lo que conduzca a pensar o a actuar por costumbre o por reflejo desaparece.  Para no sentirse paralizado es necesario no perderse a sí mismo, porque no le queda a uno más punto de apoyo que uno mismo.  Ninguno de aquellos que lean estas líneas sin estar familiarizados con estos temas debe dejarse desanimar por la prueba de verse arrojado sobre sí mismo de esta manera.  Porque el que la supera conoce una profunda felicidad.
   Aquí, al igual que en los otros casos, la vida ordinaria es ya para muchos hombres una disciplina oculta.  Para aquellos que en la vida se han vuelto capaces de tomar una rápida decisión sin vacilar ante situaciones que se presenten de improviso, la propia existencia constituye de por sí una escuela.  Las situaciones más favorables son aquellas de las que es imposible salir si no se toma una decisión sobre la marcha.  Si, en un caso en que un minuto de vacilación podría causar una desgracia, ustedes son capaces de tomar una decisión inmediatamente, y si esta rapidez de decisión se ha convertido en parte integrante de vuestro ser, ya han adquirido ustedes, inconscientemente, la madurez necesaria para afrontar la tercera prueba, porque ésta está destinada precisamente a perfeccionar la presencia del ánimo.
   En las escuelas de ocultismo a esta prueba se la denomina “la prueba del aire”, porque el candidato se encuentra privado tanto del apoyo sólido de los impulsos venidos de fuera como de la ayuda de las percepciones espirituales de formas, colores, sonidos, etc., adquiridos en el curso de la preparación y de la iluminación.  Queda reducido exclusivamente a sí mismo, a sus propias fuerzas.
   Si el discípulo ha pasado satisfactoriamente esta prueba, entonces adquiere el derecho a penetrar en el “templo de los conocimientos superiores”.  No haremos más que rozar someramente lo que habría que decir en este  punto.  Lo que espera al discípulo es a menudo representado como una especie de juramento que debe prestar; un juramento de no traicionar las enseñanzas secretas.  Pero estas expresiones de “juramento” y “traición” no son en absoluto conformes a la realidad; pueden inclusive inducir a error.  Porque en ningún modo se trata de un juramento en el sentido ordinario de la palabra: se trata más bien de una experiencia que afecta a esta etapa del desarrollo.  Se aprende como poner en práctica, al servicio de la humanidad, las enseñanzas recibidas.  Sólo entonces se empieza a comprender el verdadero sentido del universo.  No se trata de callar las verdades superiores, sino más bien de saber cómo defenderlas con todo el tacto necesario.
   Saber lo que es preciso callar es algo muy diferente.  Esta notable cualidad se adquiere muy especialmente respecto a temas de los que hemos hablado con anterioridad y sobre todo de la manera en que se ha hablado de ellos.  Sería un mal iniciado el que no pusiese sus conocimientos ocultos al servicio de la humanidad en la mayor medida posible.  En este dominio, no hay otro obstáculo para las comunicaciones que se pueden hacer que la incomprensión de aquél  a quienes se dirigen.  Sin duda alguna, los misterios superiores no están ahí para servir de tema de cualquier discurso, pero no está “prohibido” hablar de ellos a quien se haya elevado hasta este grado de evolución.  Ningún hombre, ningún ser le impone en este sentido un juramento.  Todo se pone en manos del sentido de la responsabilidad del iniciado.  En cada situación, es a él mismo a quien toca resolver sobre lo que debe hacer con lo que sabe, y la palabra “juramento” significa simplemente que ha alcanzado la madurez necesaria para tener esta responsabilidad.
   Si el candidato adquiere esta madurez, recibe lo que simbólicamente se llama “bebida del olvido”, es decir, que llega a poseer el secreto de actuar sin dejarse en ningún instante turbar por la memoria inferior.  Es indispensable para el iniciado, porque siempre debe tener plena confianza en el presente inmediato; debe poder rasgar el velo del recuerdo que se interpone entre el hombre y los hechos en cada instante de su vida.  Si juzgo lo que se me presenta hoy según mis experiencias de ayer, me expongo a múltiples errores.   Naturalmente, esto no quiere decir que sea preciso renunciar a la experiencia que la vida nos ha dado.  Hay que servirse de ella de la mejor manera posible.  Pero, como iniciado, se debe poder juzgar por sí mismo cada nuevo acontecimiento, y dejarlo actuar libremente sobre el espíritu, sin dejarse turbar por los recuerdos del pasado.  Es necesario, que a cada instante yo esté dispuesto a lo que un ser o una cosa me pueda aportar como revelación enteramente nueva.  Si evalúo lo nuevo según lo antiguo, estoy sujeto a error.  Sin embargo, el recuerdo de las experiencias antiguas me resulta de una extrema utilidad, porque me permite ver lo nuevo.  Si yo no tuviese ya una cierta experiencia de las cosas, es probable que determinadas cualidades de un objeto o de un ser que se presenten a mí se me escapasen por completo.  La experiencia debe servir precisamente para ver lo nuevo, pero para juzgarlo según lo antiguo.  El iniciado adquiere a este respecto facultades muy precisas que le revelan muchas cosas que permanecen enteramente ocultas para el no iniciado.
   La segunda bebida que se ofrece al iniciado es la “bebida del recuerdo”.  Gracias a ella, le resulta posible tener siempre presentes en el espíritu las verdades superiores.  La memoria ordinaria no bastaría para ello.  Es preciso “hacerse uno” con estas verdades.  No basta con conocerlas, deben integrarse con toda naturalidad en la acción viva como el alimento o la bebida en la vida física.  Deben convertirse en ejercicio, en costumbre, en inclinación.  Ya no debe ser necesario reflexionar sobre ellas en el sentido ordinario de la palabra.  Deben expresarse por lo que es el hombre mismo, expandirse por todo su ser y convertirse en algo así como las funciones vitales de su organismo.  De esta manera, realizará cada vez más espiritualmente el objetivo para el que la naturaleza le ha constituido físicamente.

jueves, 2 de diciembre de 2010

La iniciación - CONTROL DE LOS PENSAMIENTOS Y DE LOS SENTIMIENTOS






   Si se busca el acceso a la ciencia oculta de la manera descrita en los capítulos precedentes, es absolutamente necesario fortificarse durante el curso del trabajo mediante un pensamiento particularmente estimulante.  Es preciso tener continuamente en la mente la idea de que se pueden realizar progresos muy serios sin que tales progresos sean visibles precisamente bajo la forma que se esperaba.  Si no se tiene en cuenta este hecho,  se corre un alto riesgo de perder la paciencia y abandonar, al cabo de poco tiempo, todo tipo de tentativa.  Las fuerzas y las facultades que se trata de desarrollar son el los comienzos de una naturaleza muy delicada y su esencia difiere completamente de todo cuanto el hombre se ha podido representar con anterioridad.  Hasta aquí, él no conocía más que el contacto con el mundo físico.  Las realidades del espíritu y del alma escapaban a su mirada como escapaban a sus conceptos.  No hay pues nada de asombroso en el hecho de que no se advierta inmediatamente la presencia de las fuerzas espirituales y psíquicas que han hecho su aparición en él.
   Hay un gran riesgo de error para el que penetre en el sendero sin tener en cuenta el cúmulo de experiencias amontonadas por investigadores expertos.  Un ocultista constata los progresos experimentados por el discípulo mucho tiempo antes de que el propio interesado tenga conciencia plena de ellos.  El sabe de qué manera se forma el ojo del espíritu en su delicada estructura, antes de que el discípulo sepa nada de ello.  Una de las partes más importantes de las indicaciones que da consiste precisamente en expresar las reglas que permiten al estudiante no perder la confianza, la paciencia y la tenacidad, antes de haber obtenido el conocimiento.  A decir verdad, el maestro no puede dar nada al alumno, si éste no lo posee ya, ni siquiera de una manera escondida, latente.  En realidad, no se le puede conducir más que hacia el despertar de las facultades que yacen en él como dormidas.  Pero la descripción del camino a través del cuál él mismo ha pasado ya puede servir de apoyo a quien quiera ir desde la oscuridad a la luz.
   Se da el caso de muchos que abandonan el sendero de la ciencia oculta después de poco tiempo, porque sus progresos no le parecen al principio lo suficientemente notables.  E inclusive cuando sobrevienen las primeras experiencias superiores de las que el alumno tiene conciencia, a menudo considera ilusiones, porque se había imaginado que era una cosa completamente distinta la que debía sentir.  Entonces se desanima, bien porque considera estas primeras experiencias como carentes de valor, o porque las encuentra demasiado pequeñas, insignificantes, como para que le conduzcan pronto a un resultado serio.
   Ahora bien, el ánimo y la confianza en sí son dos luces que no se deben dejar extinguir en ningún momento cuando se transita el sendero del ocultismo.  Si no se es capaz de repetir con paciencia y sin cansarse un ejercicio en el que se ha fracasado un incalculable número de veces, no se irá muy lejos.
   Mucho antes de que se pueda tener una percepción neta de los progresos realizados, un confuso sentimiento advierte de que se está sobre el buen camino.  Pues bien, hay que cultivar, alimentar este sentimiento porque se puede convertir en una segura guía.
   Ante todo importa extirpar es sí la superstición de que se puede acceder al conocimiento superior con la ayuda de procedimientos extraños y misteriosos.  Por el contrario, hay que tener bien claro que se pueden tener, que se pueden tomar como punto de partida los sentimientos y los pensamientos de la vida cotidiana, sólo que imprimiéndoles una nueva dirección.  Cada uno puede decirse: en la esfera de mis sentimientos personales y de mis ideas se encuentran escondidos los más augustos misterios; pero hasta aquí no los he logrado percibir.
   El problema reside pues finalmente en esto: el hombre lleva consigo por todas partes su cuerpo, su alma y su espíritu, pero no es consciente más que de su cuerpo, y no de su alma ni de su espíritu.  Por el contrario, el ocultista llega a ser tan consciente de su alma y de su espíritu como el hombre normal lo es de su cuerpo.
   Es por esto por lo que resulta tan importante orientar los sentimientos y los pensamientos en la buena dirección.  Entonces se desarrollará en la vida ordinaria la facultad de percibir las cosas invisibles.  Nosotros vamos a dar aquí uno de los medios de lograrlo.  Se trata de un método de extremada sencillez, como casi todos los que hemos descrito hasta el momento, pero produce los más grandes efectos cuando se le pone en práctica con continuidad y se le sabe acompañar de las disposiciones interiores necesarias.
   Póngase delante de sí una pequeña semilla.  Entonces se trata de hacer nacer con intensidad en uno mismo, en presencia de aquel minúsculo objeto, todos cuantos sentimientos se puedan relacionar con él y, a través de estos pensamientos, despertar ciertos sentimientos.
   Antes que nada, hay que darse cuenta con mucha claridad, con absoluta nitidez, lo que perciben los ojos.  Hágase después una buena descripción de la forma, el color y de todas las demás características de la semilla.  A continuación, reflexione sobre esto: si esta semilla se introduce en la tierra, de ella nacerá una planta muy compleja.  Represéntese uno esta planta con el mayor número de detalles posibles.  Evóquesela en la imaginación.  Y dígase uno a sí mismo entonces: lo que yo evoco actualmente en mi imaginación, las fuerzas de la tierra y de la luz lo van a hacer surgir con plena realidad, algún día, del seno de este grano; si lo que yo tuviese delante de mi fuese una imitación artificial del grano de semilla, que lo reprodujese con tanta exactitud que mis ojos no fuesen capaces de distinguirlo del verdadero, de hecho no existirá ninguna fuerza, ni en la tierra ni el la luz, que fuese capaz de hacer surgir de ella una planta.
   Cáptese muy claramente este pensamiento, vívaselo en sí mismo, y se llegará a ser capaz de concebir lo que sigue añadiéndole el sentimiento apropiado.
   Hay que decirse lo siguiente: en este grano reposa ya, aunque de una manera oculta, toda la planta en potencia, absolutamente todo el organismo que de ella surgirá más tarde.  Esta fuerza no reside en la imitación de grano de semilla.  Sin embargo, ante mis ojos, los dos resultan idénticos.  En el grano real existe pues algo de invisible que no se encuentra en el objeto artificial.  Pues bien, es sobre este algo invisible sobre lo que hay que dirigir ahora los pensamientos y los sentimientos. *
   Represéntense ustedes bien esto: es este algo invisible lo que, más tarde, se transformará en la planta visible que yo podré contemplar en su forma y su color.  Y tengan presente este pensamiento “lo invisible se convertirá en visible”.  Si yo no fuera capaz de pensar lo que no será visible sino más tarde no podría dárseme a conocer desde ahora mismo.
   Pero hay que precisar muy bien un punto: lo que se piensa debe ser intensamente sentido.  En medio de una auténtica calma, sin dejarse distraer por ningún otro pensamiento, se vive en uno mismo lo que acabamos de  describir; y hay que darse el tiempo necesario por ligar los pensamientos y el sentimiento, a fin de que ellos dejen en el alma una profunda huella.  Si se consigue de la forma conveniente, se llegará, después de un cierto tiempo, quizá solamente después de una gran cantidad de intentos, a tomar conciencia de una fuerza, una fuerza que propiciará una visión nueva de las cosas: la semilla aparecerá como situada en el centro de una ligera nube luminosa.  A esta nube, se la puede sentir, de un modo sensorial y espiritual, como una especie de llama.  Lo que se siente ante el centro de esta llama es lo mismo que se siente delante del color lila—malva, en tanto que el borde evoca la impresión que suele comunicar un color azulado.  Entonces aparece lo que nunca se ha visto antes, pero que es lo que ha hecho nacer la fuerza del pensamiento y de los sentimientos despiertos en nosotros por la meditación.  Una cosa, invisible para los sentidos físicos y que, en su estado de planta, no debería aparecer sino más tarde, se nos revela en el presente espiritualmente visible.
   Es evidente que la mayoría de las personas considerarán este tipo de revelaciones como una pura ilusión.  Muchas de estas personas se preguntarán: ¿qué significan estas visiones, estos fantasmas?  Y más de uno se desanimará y no proseguirá transitando el sendero.  La dificultad mayor está justamente en atravesar estas etapas tan arduas de la evolución humana sin confundir la imaginación con la realidad espiritual, y en encontrar además el valor necesario para continuar la marcha hacia delante sin temores ni aprehensiones.
   Por otra parte, es preciso no dejar un solo instante de reforzar el buen sentido, esa capacidad tan importante que es la que faculta para distinguir la verdad de la ilusión.
   Durante todos estos ejercicios, hay que tener cuidado de no perder, ni un solo instante, el pleno dominio consciente de uno mismo.  Se debe pensar con tanta seguridad como si se tratara de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.  Porque sería verdaderamente lamentable que se cayera en un estado próximo a la alucinación.  Las ideas deben permanecer claras, por no decir frías, y esto, además, sin el menor desfallecimiento.  Si estos ejercicios llegaran a hacer perder el equilibrio interior de tal manera que impidiesen juzgar sana y claramente las cosas y los acontecimientos de la vida ordinaria, como se venía haciendo hasta ese momento, ello significaría un gran fallo.  El discípulo debe en tal caso examinarse a sí mismo concienzudamente, para verificar si este equilibrio permanece intacto y si él sigue siendo él mismo en el seno de las condiciones en que vive.  Una calma inconmovible, un claro sentido de todas las cosas y acontecimientos: he aquí lo que hay que saber conservar.  Por otra parte, hay que tener mucho cuidado de no dejarse arrastrar a ningún tipo de vagabundeo de las ideas y no entregarse al primer ejercicio que a uno se le ocurra.  Las directrices que hemos dado aquí respecto a la mejor forma de llevar a cabo la meditación han sido experimentadas y practicadas desde la más remota antigüedad en las escuelas de ocultismo, y éstas y solo éstas son las que nosotros comunicamos.  Por tanto, nada de improvisaciones ni de iniciativas personales.  Quien quiera aplicar métodos de otra naturaleza, forjarse para sí mismo su propia manera de hacer las cosas o tomar de este o aquel libro, de noticias fragmentarias que le llegan al azar, quien haga esto, caerá fatalmente en el error y no tardará en dejarse arrastrar por divagaciones sin fin.
   El ejercicio que acabamos de describir tiene que ser completado por otro.
   Se trata de ponerse delante de una planta en estado de pleno desarrollo y penetrarse del pensamiento de que llegará un día en que esa planta perecerá; de que eso que yo veo ahora tan plenamente delante de mí un día ya no existirá.  Pese a esto, esa planta habrá madurado en sí semillas capaces de dar vida a otras plantas nuevas.
   Heme aquí pues llegado de nuevo a la constatación de que, en el seno de todo cuanto veo, existe algo que yo no veo, algo oculto que no se hace presente a mis sentidos.
   Yo lleno mi espíritu con el pensamiento de que esta planta, con su forma y sus colores, morirá un día; pero la representación intensa que ella lleva consigo de un germen de futuro me enseña que no desaparecerá absolutamente en la nada.  Lo que la preserva del aniquilamiento total escapa por completo a mi visión como anteriormente escapaba la planta que existe en potencia en la semilla.  Hay pues en esta planta algo que yo no veo con mis ojos.  Si yo hago vivir en mí este pensamiento, uniéndolo al sentimiento que le corresponde, después de un cierto tiempo se desarrollará en mí una fuerza que provocará un nuevo modo de visión.  Veré entonces cómo sale de la planta una especie de forma espiritual semejante a una llama.  Pero esta llama es naturalmente más grande que la que hemos descrito con anterioridad; puede dar una impresión semejante a  la del azul verdoso en su parte media y al rojo amarillento en sus bordes exteriores.
   Subrayemos aquí expresamente que no se ven estos que hemos llamado colores de la misma manera que los ojos físicos ven los colores de las cosas; lo que queremos decir es que la percepción espiritual comunica una impresión análoga a la que se siente ante un color físico.  En este orden de ideas, tener la percepción espiritual del “azul” significa lo siguiente: sentir una impresión análoga a la que el color azul transmite por mediación del ojo físico.  Hay que tener mucho cuidado con esto, si se quiere realmente llegar a conseguir un progreso en la percepción espiritual.  En otro caso, no se alcanza de lo espiritual más que una repetición del fenómeno físico, lo que puede llegar a proporcionar decepciones verdaderamente amargas.
   Si se llega a adquirir esta facultad de ver en espíritu, se habrá dado un gran paso hacia delante, porque las cosas se revelan entonces, no sólo en su existencia presente, sino en sus fases de crecimiento y de decadencia.
   Se comienza a ver por todas partes el espíritu, de que los sentidos físicos no pueden saber nada.  Se cumplen los primeros pasos hacia la contemplación de un misterio: el misterio del nacimiento y de la muerte.  Para los sentidos exteriores, los seres aparecen con el nacimiento y desaparecen con la muerte.  Si esto es así, es porque los sentidos no saben percibir el espíritu oculto de los seres.  Para el espíritu, el nacimiento y la muerte no son más que una metamorfosis, como la floración que, a partir del capullo, hace surgir la flor, es igualmente una metamorfosis que se opera ante nuestros ojos.  Pero si se quiere penetrar por sí mismo en la esencia que se transforma, hay que trabajar en el despertar de los sentidos superiores mediante el método que hemos indicado.
   Con ideas de soslayar enseguida otra objeción que se nos podría hacer por parte de personas dotadas de alguna experiencia psíquica añadamos todavía lo siguiente: no se puede negar que existen caminos más cortos y más sencillos, ni, por otra parte, que existen personas que, por sí mismas, adquieren el sentido del crecimiento y la decadencia, del nacimiento y de la muerte, sin necesidad de haber practicado ninguno de los ejercicios que acabamos de describir.  Hay en efecto, seres humanos que poseen naturalmente disposiciones y facultades psíquicas muy notables, personas a las que les basta un ligero impulso para desarrollarse espiritualmente.  Pero, hay que decirlo; son las excepciones.  No es normal encontrarse con esta posibilidad de desarrollo espiritual; en cambio, el camino que nosotros hemos indicado es seguro y está abierto a todos.   Tampoco es absolutamente imposible adquirir por ejemplo nociones de química por medios excepcionales.  Por supuesto, pero si uno quiere llegar a convertirse en un químico no tiene más remedio que transitar la ruta común y verificada.
   Se cometería un gran error, de graves consecuencias, si se pensara que se puede alcanzar la meta más fácilmente contentándose con representarse, con imaginar la semilla o la planta.  Procediendo de esta manera, se puede también obtener un resultado, pero con menos seguridad que mediante al método señalado.  En la mayoría de los casos, la visión que se obtenga no será más que una especie de espejismo de la imaginación, y será preciso esperar a que se transforme en una visión verdaderamente espiritual.  Porque lo esencial es no inventarse para sí mismo, a la medida del propio capricho, percepciones nuevas, sino de dejar a la realidad que las cree en sí.  La verdad debe brotar de las profundidades de mi alma, ciertamente, pero no es a mi yo ordinario al que le corresponde representar el papel de mago que extrae esta verdad de la nada.  Los mismos seres, cuya realidad espiritual yo quiero contemplar, son los que deben cumplir la función de este mago.
   Si, mediante esta disciplina, se ha hecho nacer en sí los rudimentos de la percepción espiritual, se podrá llegar a conseguir elevarse hasta la contemplación del ser humano mismo, eligiendo de él, en primer lugar, las manifestaciones más sencillas de la vida humana.
   Pero, antes de llegar a esto, es necesario trabajar enérgicamente en la completa purificación del propio ser moral.  Hay que vencer, apartar de sí toda tentación de utilizar para el provecho personal el conocimiento así adquirido.  Es preciso comprometerse con uno mismo a no hacer jamás un mal uso del poder, sobre los semejantes, que se puede llegar a adquirir.  Igualmente, todos aquellos que buscan penetrar por sí mismos en los secretos de la naturaleza humana deben observar la “regla de oro” del verdadero ocultismo, una regla que se expresa del siguiente modo: “Cuando se intente dar un paso hacia delante en el conocimiento de las verdades ocultas, debe darse al mismo tiempo tres pasos en orden al perfeccionamiento del  carácter en el sentido del bien”.  El que observa esta regla puede emprender ejercicios del género del que acabamos de describir.
   Evoquen ustedes la imagen de un hombre que, un día ha observado que deseaba, que codiciaba la posesión inmediata de un objeto, y concentren su observación sobre ese deseo, sobre esa ansia posesiva.  Es preferible evocar el momento en que ese deseo alcanzaba en su más alto grado de intensidad, pero cuando todavía se podía uno preguntar si el hombre podría realmente llegar a satisfacerlo.  Y ahora entréguense todos enteros a la representación de lo que les evoca su recuerdo.  Hagan reinar en su alma una tranquilidad, una calma tan absoluta como sea posible; intentad convertiros en ciegos y sordos ante todo cuanto os rodea; vigilad atentamente para que la representación evocada os despierte un sentimiento en el alma.  Dejad que este sentimiento ascienda por vuestro ser como una nube asciende en el horizonte de un cielo perfectamente límpido.  Naturalmente, por regla general, la observación será suspendida por el hecho de que no se pueda observar durante el tiempo necesario, en su estado de deseo, al hombre sobre el que se dirige la atención.  Es preciso recomenzar cien veces, si hace falta este ejercicio, si no se obtienen resultados; pero no hay que perder la paciencia.  Finalmente, sentid cómo asciende en vuestro interior el sentimiento correspondiente al estado de ánimo de aquél a quien están observando.  Después de un cierto tiempo, advertirán que este sentimiento desarrolla en vuestra alma una fuerza que dará nacimiento a la “visión espiritual” de los estados interiores.  Verán aparecer en su campo visual una imagen que produce una impresión luminosa; esta imagen luminosa, de naturaleza espiritual, constituye la manifestación “astral” del estado del deseo observado.  También en esta ocasión podemos comparar esta imagen con una llama que experimentada como de una coloración roja amarillenta en el centro y azul rojiza o lila en su contorno.  Todo depende a continuación del tacto con que se rodeen estas visiones espirituales.  En  primer lugar, lo mejor es no hablar de ellas a nadie, salvo, eventualmente, al propio guía, si es que se tiene un guía.  Porque se intenta describir torpemente, mediante palabras, un fenómeno de este género, a menudo se puede ser presa de muy crueles desilusiones.  Porque se emplean palabras corrientes que no convienen en absoluto a semejantes temas, a cuyo respecto resultan demasiado groseras.  Por consiguiente, al intentar describir así estas experiencias, se siente uno tentado a mezclar visiones auténticas con espejismos de toda laya.
   Una vez más, se impone el discípulo, en este punto, una regla importante:  aprende a guardar silencio sobre tus visiones.  Sí, has de saber callarte incluso delante de ti mismo.  Lo que hayas visto en espíritu, no intentes ni expresarlo en palabras ni interpretarlo mediante torpes razonamientos.  Entrégate sin prejuicios a tu visión espiritual, y cuida de no turbarla con demasiadas reflexiones.  Piensa que, en efecto, tus reflexiones no estarán al principio, en modo alguno, en armonía con lo que hayas visto.  Hasta este momento, no han sido alimentadas más que por impresiones limitadas al mundo de lo físico.  Ahora bien, tus experiencias actuales superan con mucho esos límites.  No intentes pues aplicar a estas nuevas y más elevadas experiencias una medida adaptada a las antiguas.  Es necesario haber adquirido mucha firmeza y seguridad en la experiencia interior para poder hablar de ella de una forma que resulte provechosa para los demás.
   A este ejercicio, debe venir a unirse otro que lo completa.  Es preciso observar de la misma manera cómo se comporta un hombre que acaba de satisfacer uno de sus deseos, de colmar una de sus esperanzas.
   Si se observan las mismas reglas y las mismas precauciones que hemos aconsejado para el caso precedente, se accederá igualmente a una visión espiritual del fenómeno.  Se observará una forma espiritual semejante a una llama, que comunica el sentimiento de ser amarilla en el centro y verdosa en su contorno.
   Mediante una observación de este tipo, aplicada a los semejantes, se puede fácilmente caer en una falta moral grave: se puede volver uno insensible, incapacitado para el amor.  Evitar a toda costa que ocurra así.  Para llevar a cabo semejantes observaciones, es preciso haber alcanzado el punto de evolución en que se posee una certidumbre absoluta: el punto en el que los pensamientos son realidades.
   Si se está convencido de esto, ya no se debe uno permitir tener, con respecto a los demás, pensamientos que no sean conciliables con el más profundo respeto por la dignidad y la libertad humana.  La idea de que un hombre pueda convertirse para nosotros en nada más que un objeto de observación no debe poseernos un solo instante.   La educación de uno mismo debe siempre caminar pareja con la observación ocultista del ser humano.  Esta educación es la que nos permitirá afirmar sin reserva el derecho de cada hombre a ser él mismo; consideraremos el alma de otro como un santuario, inviolable por nosotros tanto en pensamiento como en sentimiento; un sentimiento de respeto sagrado nos penetra con respecto a todo fenómeno humano, inclusive cuando sólo es evocado a través del recuerdo.
   Por el momento, todavía no es posible dar aquí más que dos ejemplos de lo que se debe a la iluminación en lo concerniente la naturaleza humana; ello basta, por otra parte, para demostrar el camino por el que hay que avanzar.
   Quien pueda asegurarse ese silencio y esa calma interior que son indispensables para llevar a cabo con éxito estos ejercicios, logra ya, por esto sólo, operar una gran transformación en sí.  Y esta transformación enriquece hasta tal punto su vida interior que confiere tranquilidad y seguridad hasta en el comportamiento externo, que, a su vez, tiene su repercusión sobre el alma.
   Será así como esta persona avanzará, y como encontrará los medios de descubrir cada vez más los aspectos de la naturaleza humana que permanecen ocultos para los sentidos externos.  Y alcanzará un día la madurez requerida para sumergir su mirada hasta en aquellas relaciones misteriosas que ponen al hombre en armonía con todo cuanto existe en el universo.
   Situado en esta vía, el hombre no deja de aproximarse al momento en que va a poder dar sus primeros pasos en al iniciación.  Pero, antes de que pueda darlos, todavía es necesaria otra cosa; una cosa cuya necesidad el discípulo es posible que no comprenda hasta más tarde.  Pero llegará a comprenderla, eso es seguro.
   En efecto, lo que el candidato a la iniciación debe llevar consigo es un valor perfecto y, en una cierta medida, una ausencia total del miedo.  Por tanto, se deben buscar las ocasiones favorables para el desarrollo de estas virtudes.  Deben ser sistemáticamente cultivadas en el curso del entrenamiento oculto.  De hecho, la vida misma es una excelente escuela para esto, tal vez la mejor.  Saber mirar de frente al peligro, intentar superar las dificultades sin vacilación, de todo esto hay que ser capaz.
   Por ejemplo, frente a un peligro, él debe inmediatamente aferrarse a un sentimiento como éste: “Mi angustia no servirá para nada; tengo que liberarme de ella para concentrarme en lo que debo hacer”.  Debe llegar por este medio a un estado que le permita, frente a situaciones que antes le causaban ansiedad, sentir en lo más profundo de su ser que la ansiedad y el desánimo se han convertido para él en algo completamente imposible.  Mediante esta educación de sí mismo, el discípulo despierta en sí determinadas fuerzas de las que tiene necesidad para ser iniciado en los misterios más elevados.  De la misma manera que el hombre físico tiene necesidad de fuerza nerviosa para emplear sus sentidos físicos, el hombre psíquico tiene necesidad de una fuerza que no se desarrollaba más que en las naturalezas intrépidas y animosas.  Aquel que penetra en los misterios superiores ve un cierto número de cosas que las ilusiones de los sentidos ocultan a la visión ordinaria.  Y, precisamente, cuando los sentidos físicos nos impiden ver las verdades superiores, estas trabas constituyen un beneficio para el hombre ordinario.  Gracias a ellas, efectivamente, permanecen ocultas determinadas cosas que podrían producir perturbaciones sin límites en aquellos que, por no estar preparados, no podrían soportar su vista.
   El investigador espiritual debe volverse capaz de soportar estos espectáculos.  Pierde un cierto número de apoyos en el mundo exterior.  El era justamente deudor de estos apoyos en la ilusión sensible que le cautivaba.  Las cosas pasan literalmente como si se le señalara bruscamente a alguno un peligro al que se encontrase expuesto desde hacia mucho tiempo pero sin saberlo.  Anteriormente, no temblaba; pero, ahora que lo sabe, el miedo le sobrecoge, aunque el peligro no haya empeorado por el hecho de que se haya tomado conciencia de él.
   Las fuerzas del universo son una naturaleza que a la vez destruye y edifica; el destino de todo cuando existe exteriormente es nacer y morir.  Quien posee el conocimiento debe sumergir su mirada en el juego de las fuerzas, el movimiento de este destino.  Para esto es preciso que aparte el velo que habitualmente oscurece su visión espiritual.  Pero el hombre mismo está mezclado a la acción de estas fuerzas y de este destino.  Estas fuerzas, constructivas y destructivas, las encuentra en su propia naturaleza. Tan desnuda como se le aparezca al vidente la vida, se le aparecerá también su propia alma.  Frente a este conocimiento de sí mismo, el estudiante no debe perder sus fuerzas.  Para que no le falten, es necesario que las tenga sobreabundantemente; y a tal fin debe aprender a conservar la calma y la tranquilidad interiores en las circunstancias más difíciles de la vida.  Debe edificar en sí mismo una confianza inconmovible en las fuerzas positivas, buenas, de la existencia, y tomar la determinación de perder un cierto número de impulsos que hasta entonces le hacían actuar.  Se da cuenta de que a menudo ha pensado y actuado por pura ignorancia y que los móviles que antes le impulsaban en adelante le faltan.
   Por ejemplo: a menudo ha actuado por vanidad y por amor propio; ahora constata que ni la vanidad ni el amor propio tienen ningún valor para el que sabe.   A menudo ha actuado por codicia y ambición y ahora constata que tal tipo de deseos y motivaciones causan verdaderos estragos.  Necesitará pues de nuevos móviles para sus acciones, para sus pensamientos, y es en estos momentos cuando deben intervenir el valor y la ausencia total del miedo.
   Principalmente conviene cultivar este valor y esta intrepidez en lo más profundo de la vida de los pensamientos.  Nunca un fracaso debe arrastrar al desánimo.  Cada vez, debe recurrir a este pensamiento: “Olvidaré que a menudo he fracasado ya en esta empresa y voy a recomenzar mi tentativa como si nunca lo hubiese intentado hasta ahora”.   De este modo, adquiere la convicción de que la fuente de la que puede sacar fuerzas es inagotable en el universo.  Aspira al mundo espiritual que está dispuesto a ayudarle, a sostenerle, tan pronto como se haya revelado a sí mismo la debilidad de su ser terreno.  Se vuelve capaz de encaminarse hacia el porvenir y no se deja turbar en su marcha hacia delante por el recuerdo de ninguna experiencia del pasado.
   Si alguno posee, hasta cierto grado, las cualidades que acabamos de describir, es señal de que está maduro para entender los verdaderos nombres de las cosas que constituyen la clave del conocimiento superior.  Porque la iniciación consiste en conocer las cosas del universo por el nombre que ellas tienen en el espíritu de sus divinos autores.  En estos nombres residen los misterios de las cosas.  Si los iniciados hablan una lengua distinta a la de los profanos es porque pueden dar a los seres el apelativo que sirvió para crearlos.
   Nuestro próximo capítulo tratará de la iniciación misma, en la medida, naturalmente, en que esto es posible.



*- Si se objetase por alguien que, al examen microscópico, el objeto real llega a distinguirse de la imitación, con ellos se demostraría solamente que no se ha comprendido el verdadero objetivo de estos ejercicios; lo esencial no es tanto el objeto real, sensible, que se tiene ante sí, cuanto el impulso de desarrollar a partir de él las fuerzas latentes en el alma y en el espíritu.